|
miércoles, 16 julio 2008
Las pasiones de la retaguardia
Simone Weil y Georges Bernanos son dos franceses que suelen aparecer por acá; dos lugares destacados en mi santoral privado, digamos. No tenían mucho en común, al menos en sus comienzos; la una, judía agnóstica marxista; el otro, católico nacionalista, con Drumont (monárquico antijudío) como maestro. Para mediados de los '30, los dos venían matizando algo sus posiciones, a los golpes, aunque sin abjuraciones radicales; él había roto con Maurras y la Acción francesa y se había concentrado en la literatura de fondo religioso (el Diario de un cura rural fue publicado en 1936); ella, tras su experiencia docente y sus experiencias militantes, había «recibido la marca del esclavo» en su penoso trabajo como obrera manual en la fábrica de Renault; y había dejado de creer en ciertas cosas [*]. Cuando estalló la guerra civil española los dos la vivieron en España, cada cual de su lado, como hicieron tantos. Pero, a diferencia de casi todos, los dos se sintieron horrorizados por las bajezas y las barbaridades, no de la tropa contraria sino de la propia. No es cuestión de forzar las semejanzas, la simetría es sólo parcial. Bernanos se encontraba viviendo en ese momento en Mallorca; y si sus simpatías iniciales estuvieron del lado previsible (y su hijo fue teniente falangista), no parece haber intervenido activamente; y volvió en 1937 a Francia y escupió en Los grandes cementerios bajo la luna su escándalo. Simone, en cambio, se alistó con los rojos, en la columna Durruti; su inhabilidad física y su miopía enseguida la dejarán fuera de combate; pero hay otro alejamiento, hijo de un disgusto y una desilusión no muy diferente. A poco de volver a Francia, lee el panfleto de Bernanos; y le escribe una carta, justamente famosa (no sé si él contestó; o si más tarde tuvieron algún contacto; creo que no). Hoy me la crucé en la web: acá está. Y de los varios puntos de interés, entresaco estas líneas —nada centrales— donde explica los motivos de su enrolamiento. A cuento de algo a comentar otro día —tal vez.
No me gusta la guerra, pero lo que siempre me ha provocado más horror que la
guerra es la situación de los que se encuentran en retaguardia. Cuando
comprendí que, a pesar de mis esfuerzos, no podía dejar de participar
moralmente en esa guerra, es decir, desear todos los días, a todas horas,
la victoria de unos y la derrota de los otros, me dije que París era para
mí la retaguardia, y tomé el tren para Barcelona con la intención de
comprometerme. Era a principios de agosto de 1936...
Algunos escritos más de Simone Weil sobre la guerra española (fragmentos de su diario), acá.
domingo, 13 julio 2008
Sueltos
Ya que estamos, anoto para mi diario íntimo (bueh) tecnológico: Abandonando xhtml y empezando a escribir html-4 como se debe (mejor tarde que nunca). Aprendiendo un poco de Python (no está mal; me hice este programita en Google Apps para arrancar-¿dejaremos Perl alguna vez? Pero a Java no hay con qué darle. Y GWT promete. Y cerramos el tag nerd. Es claro; de belleza, ni hablar. Anotemos también una gansada de primer nivel, y muy característica, con la que topé estos días: colgar las palabras "asesino serial" del Che Guevara. Vamos, vayan a darse una ducha fría, muchachos. Y si por casualidad son católicos, con más motivo. miércoles, 2 julio 2008
El combate termina esta noche
Lo que dice famosamente San Pablo (de este domingo), poco antes de morir —lo de pelear el buen combate, alcanzar la meta (*)— ¿no debería aplicarse analogamente a la batalla cotidiana? Lindo estaría, poder decírnoslo cada noche antes de dormirnos (en sentido literal, aparte del otro).
... En el tiempo inmediatamente anterior a mi conversión y después, durante un cierto período, llegué a pensar que llevar una vida religiosa significaría dejar de lado todo lo terreno y vivir teniendo el pensamiento única y exclusivamente en cosas divinas. Pero, poco a poco, he comprendido que en este mundo se nos exige otra cosa y que incluso en la vida más contemplativa no debe cortarse la relación con el mundo; creo, incluso, que cuanto más profundamente alguien está metido en Dios, tanto más debe, en este sentido, “salir de sí mismo”, es decir, adentrarse en el mundo para comunicarle la vida divina.
Importa mucho, sí, procurarse un rincón tranquilo, en el que de tal manera una pueda relacionarse con Dios, como si nada existiera, y esto a diario: el tiempo más oportuno me parece por la mañana temprano, antes de comenzar el trabajo; es entonces cuando una recibe una misión especial para cada día, sin elegir nada por sí misma; en este momento, finalmente, una se contempla a sí misma como mero instrumento, y las fuerzas con las que debe trabajar, en nuestro caso la inteligencia, como algo que nosotros no necesitamos, sino Dios en nosotros.
[...] Mi vida comienza cada mañana de nuevo y termina cada noche; más allá de esto no tengo ningún plan ni propósito; naturalmente, propio del trabajo diario es pensar de antemano —sin esto el funcionamiento de una escuela es imposible—, pero nunca debe ser una “preocupación” para el día siguiente.
Edith Stein - carta a Sor Calista Opf - 12 de febrero de 1928
viernes, 27 junio 2008
Ponyo
De Ponyo, la última película de Miyazaki, a estrenarse en Japón el próximo mes,
el primer trailer (nuevo video... hasta que lo borren) proyectado ayer en cines. Informe en Ghibliworld. Como ya se sabía, Miyazaki se inclinó acá por un dibujo simple y extremadamente bidimensional: nada de 3D-CGI e incluso casi nada de sombras; animación esmerada, como siempre, pero exclusivamente a mano; y texturas más planas y suaves (acuarela y pastel). Algunas pocas imágenes acá y acá. También en Youtube un documental, sin subtítulos, pero puede seguirse en francés por acá. sábado, 21 junio 2008
Las asperezas de lo real
Parece, según dicen por'ai, que las cosas marchan mal en el mundo.
Parece que hay mucha gente mala que hace maldades, y mucha gente
necia que dice necedades. Parece que hay muchos mentirosos que propagan mentiras, y aún más ignorantes que se alimentan de mentira.
Parece que la Wikipedia abunda en artículos inexactos, tendenciosos y malintencionados. Que está copada
(cuando no vandalizada) por militantes
del adoctrinamiento y la desinformación, veloces para la redacción o el copy-paste, seguramente a sueldo de
las ideologías reinantes. Y que son legión los
lectores ingenuos de la Wikipedia —por no hablar de Página 12, Pigna, los manuales de nuestra educación pública: generaciones enteras (desespera pensarlo) que caerán así
en las tinieblas
del error y el pecado.
Parece que los hijos de oscuridad son mucho más
astutos, activos y eficientes que los hijos de la luz, nomás.
Parece que abundan las liturgias irreverentes y los curas bobalicones y las monjas new-age. Parece que la ortodoxia se está yendo al diablo, que casi no quedan los católicos como uno, los que saben qué significa ser católico de verdad. Parece que la
Tradición ha sido cortada y casi muerta (aunque no queda muy claro si el corte fue en el Concilio Vaticano II, o en el de Trento, o la Revolución Francesa, o la escolástica o el barroco o el aristotelismo ;
si Pablo VI, Juan Pablo II, Freud, Darwin, Descartes, Maritain, Suárez, Napoleón, Constantino; si los masones, los jesuitas, el Opus Dei...). Parece, me dicen, que se están destruyendo «los pilares del Orden Romano: la Religión Verdadera, las Fuerzas Armadas, la Familia, y la Propiedad» y con ello el «estilo de vida argentino y católico». Y que estamos en los umbrales (o más) del mundo feliz de Huxley —o el 1984 de Orwell. Y que esto empieza a tener los colores del reinado del anticristo. Me dicen que nuestros obispos no están a la altura, que en lugar de hablarnos con «voz enérgica, clara y definitoria» salen con mensajes «anodinos, politiqueros y mediocres». Parece que los argentinos tenemos una presidenta de excepcional soberbia y necedad, intoxicada de ideología y de ambición; y ni hablar del otro K, y de D'Elía, Verbitsky, Hebe, Bonasso, etc. Y que, ante esta calaña, hay que estar con los amigos del campo, la verdadera clase trabajadora y sostén de nuestro país; y que, así, es disculpable y hasta conveniente desahogarse en alguna diatriba en modo comentador derechista de La Nación (un poquito de rabia gorila, vamos...) Parece también que los que tienen la sartén por el mango «persiguen desembozadamente al catolicismo en Argentina» (por ejemplo: «asignando en la grilla televisiva al canal 21 del Arzobispado un lugar fuera de toda competencia con las restantes señales locales»), parece que «somos los únicos perseguidos desde hace más de 40 años», mientras que nuestros lamentables obispos no hacen más que pedir «diálogo». Parece, en fin, que el mundo está ganando, el mundo que nos odia, nos discrimina y nos ningunea: la dictadura del relativismo, la cultura de la muerte, el hedonismo, el aborto, la irreligión, la revolución sexual y el materialismo; el nuevo orden mundial que nos está empujando a las catacumbas. Ay, cómo sufrimos los católicos... Y, al cabo, el asunto es que todo aquello tiene que dolerte. Si el que ve, ve cosas feas... entonces (bueno, más o menos) quien ve muchas cosas feas, es que sabe ver. Es más: que ese sufrimiento y esa indignación sea tu principal fuente de energía, que eso sea lo que llena tu pensar y tu sentir, lo que alimenta el motor de tu vivir y tu ser católico, ... eso es buen signo... parece. Se trata de ver el mal, pues; y de hacerlo ver. Y ahí vamos, pertrechados del ardor militante, del entrenamiento y la erudición oportuna para esas lides y de un par de versículos justificadores («hambre de justicia...» y «celo por tu casa...», por ejemplo). Denunciar, documentar, explicar, esquematizar (ah, esos esquemas)... y por sobre todo, alimentar la indignación. Hay que lamentarse y protestar, en corro de aliados; hay que hacer ruido; hay que preguntarse y preguntar: ¿No es hora de hacer algo? ¿Hasta cuando? ¿Qué podemos hacer? Y bueno... yo no puedo decir que «me siento interpelado»; aparte del mal olor clerical de la expresión, la verdad es que no estoy seguro de comulgar con todo aquello. Igual, por si hiciera falta responder: yo, aquí y ahora ¿qué puedo hacer? Miren, lo que yo voy a hacer, por lo pronto, es poner algunas capturas de pantalla de unas peliculitas de Ghibli. Ahí tienen.
En la columna izquierda, un par de "Totoro" arriba y un par de "Chihiro" abajo. A la derecha, una secuencia de "Whisper of the Heart".
El padre, en Totoro, que debe esforzarse para abrir una ventana corrediza poco dócil. Lo mismo le pasa a Chihiro, con la abertura que se atasca, en la escena del ataque los pájaros de papel (uno de los momentos más inspirados
de Miyazaki).
Y Shizuku, apagando la luz antes de dormir. Primero se mueve hacia el
borde de la cama, para alcanzar el interruptor; tantea, pero no llega. Entonces se incorpora, apaga al fin la luz, y se acuesta.
Choca ese rasgo de un realismo moroso y trivial,
sobre todo en el contexto de un anime, donde
cada cuadro, cada gesto de más cuesta bastante caro. Un derroche, en cierta manera (no recuerdo nada parecido en otras
películas animadas; y aun no animadas...)
Algunos espectadores impacientes lo juzgan una compadrada innecesaria y vacía. Yo, no. Yo lo veo (ya saben que por acá tiendo a pecar más bien por indulgencia y optimismo) como un gesto de fidelidad y de amor por este mundo: esas pequeñas resistencias que nos opone el cosmos, y que lo hacen entrañable y digno de evocación (nostalgia, si prefieren). Esas asperezas que testimonian su presencia real, en contraste con las fantasías de la imaginación, en las que los interruptores están siempre al alcance de la mano y las ventanas corredizas se deslizan a voluntad. A nuestra voluntad.
La alegría y el sentimiento de la realidad son la misma cosa.
Simone Weil
miércoles, 18 junio 2008
Enumeraciones impertinentes
Le preguntan a John C. Wright,
escritor de ciencia ficción
recibido en la iglesia católica esta pascua pasada,
sobre sus motivos para rezar a un dios; y le enumeran
a modo de ejemplo distintas creencias (problemáticas, claro) de la Wikipedia:
- que lo finito de hecho puede comunicarse con lo infinito
John contesta:
- que lo infinito tiene interés en comunicarse con lo finito - que la oración no influye en el destinatario pero modifica al orante - que el destinatario desea y aprecia que el hombre le dirija oraciones - que la oración sirve para ejercitar al hombre en la contemplación de la divinidad, por vía intelectual - que la oración sirve para tener una experiencia directa de la divinidad - que la oración afecta los fundamentos de la realidad sensible - que la oración sirve para catalizar un cambio en el propio yo, o en las circunstancias propias, o en la de terceros beneficiarios
No termino de entender la pregunta; todas esas motivaciones están presentes en algún grado,
pero todas resultan algo impertinentes.
Y sigue. Pero con esto basta, para ilustrar el punto, y
para contratularnos (poniéndonos un poquito la camiseta, cómo no) por la adquisición *. Es como preguntar por qué hablas con tu mujer. Si te sientas a escribir una lista de razones, no te sonarán bien. «La creencia de que mi esposa recompensa los gestos seductores con favores sexuales» ; «La creencia de que accederá a hacerme un sandwich»; «La creencia de que las mujeres necesitan hablar mucho, mientas que uno se limita a escuchar», «La creencia de que mi mujer sabe dónde dejé los anteojos», «La creencia de que una relación adulta sana requiere comunicación verbal», «La creencia de que me vio con la camarera sobre las rodillas y planea asesinarme con un arpón y arrojar mi cuerpo al lago para simular un accidente de pesca»... Bueno, todos pueden ser buenos motivos para dirigirle la palabra a tu esposa, pero aunque todos lo fueran, aun así esa lista no sería el verdadero motivo por el cual hablas con ella. Hablas con tu esposa porque es tu esposa. Le rezas a Dios porque El es Dios... Y el planteo objetado, esa enumeración de la wikipedia, también sirve para ilustrar (a mis ojos al menos; y muy parcialmente) un modo de pensamiento, reduccionista tal vez, que me parece típico de los cientificistas, esa suficiencia pavota de los amigos del análisis y la claridad, y enemigos del misterio; y, de última y por lo mismo, del sentido común. Y la respuesta es buen ejemplo del modo sensato de situarse ante esos planteos. Ojalá se viera un poco más de eso por acá. * También es simpático el anuncio de la conversión, con las preguntas del neófito (« I have heard my whole life how corrupt and superstitious the Catholic Church is, so, now that I am in, where do I sign up? I'd like to start with Simony. Can I buy Church offices wholesale, and then sell them through retail outlets? What are the tax implications?» «When do I get access to the Vatican library of porn?») y el intercambio con Mark Shea. jueves, 5 junio 2008
Labrador distraído
... otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.»
Leyendo los comentarios de Maldonado, encuentro acá un matiz;
bastante obvio, quizás, pero no para mí. Yo había imaginado
siempre a ese que «pone la mano en el arado y mira hacia atrás»
en el momento de emprender el trabajo —justo antes—, y la dirección
de la mirada referida al pasado. Pero (además de que
la asimilación de "atrás" y "pasado" es menos universal de lo que
parece, ya queda dicho) no es exactamente así como lo ve
Maldonado, junto con otros. La torpeza (el pecado) del labrador
consistiría en desviar la vista del frente mientras se está arando:
Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.» Lc 9:61
... es una metáfora tomada de los labradores cuando aran; los cuales, para que el surco vaya bien derecho, sujetando la esteva con la mano, tienen los ojos clavados en el extremo del surco; y no puede arar derechamente quien vuelve atrás la cabeza. Hay oficios que se pueden hacer sin tanta fijeza. Para hablar, andar, pasear, no es preciso tener los ojos fijos; mas para arar bien, para escribir con renglones derechos, para pintar, etc, importa mucho no distraer la mirada.
Así sucede también con el reino de los cielos...
Me gusta; da más fuerza a la imagen, y al mensaje. La cuestión es mantener fija la atención.Naturalmente, después viene la pregunta de a quiénes se aplica esto (o en qué sentido debe tomarse acá lo de "ser apto para el reino de los cielos"), si es específicamente para el discípulo, y en qué amplitud del concepto, etc; pero en esa cuestión, tan frecuente, no nos meteremos por ahora. Cosa de no distraer la mirada. jueves, 29 mayo 2008
El cielo y el mundo
«Serenidad» es el título de esta poesía de Lugones, de Las horas doradas.
El mundo reposa conforme.
Menos culpa de las ambigüedades del idioma español
que de mi cabeza lenta y tortuosa... la cuestión
es que en los últimos versos llegué a confundir sujeto y objeto directo (¿es el objeto directo, Jeeves?) (*).Domina en el cielo rotundo un álamo verde y enorme. Y como ante enigma profundo descansa la mano en la frente, contempla el azul hondamente la eterna belleza del mundo. ¿Es el mundo quien contempla el cielo o al revés? La verdad es que yo, la primera vez, leí lo contrario de lo que (supongo) es la intención obvia. Pero después de todo, la lectura alternativa, aunque menos consecuente, tambien tiene lo suyo ¿no? * (Diego me pasa la siguiente respuesta de Jeeves ) —Ciertamente, señor, se trata del objeto directo. Si me permite una observación, recuerdo que para casos en que cabe la posibilidad de una confusión, por tratarse el sujeto y el objeto de seres impersonales, la Real Academia aconseja anteponer al objeto la preposición "a", que normalmente (como impersonal) no llevaría; especialmente si el objeto, por motivos estilísticos o métricos, se halla antepuesto al sujeto. Recuerde usted las palabras del poeta Heredia: Esta inmensa estructura / Vio a la superstición más inhumana / En ella entronizarse. Oyó los gritos / De agonizantes víctimas, en tanto / Que el sacerdote, sin piedad ni espanto,/ Les arrancaba el corazón sangriento... Donde, si usted observa, eliminando la "a" del segundo verso no quedaría en claro si es la estructura la que vio a la superstición o viceversa. —¿Algo así como cuando decimos que el papel mata a la piedra, y la piedra a la tijera? —Algo así, señor. —Gracias, Jeeves. miércoles, 28 mayo 2008
Misa y Eucaristía
Comenta Tom en Disputations
... pienso que tanto los laicos como los clérigos deberíamos esforzarnos en
entender la Eucaristía como un acto unitario;
y si hoy está reviviendo la piedad eucarística, con más razón.
La Adoración Eucarística está muy bien, pero si pierde su referencia
al sacrificio de la Misa, la Liturgia perderá su integridad
y la Misa quedará reducida un proceso para fabricar Hostias consagradas.
A mí tampoco me gusta demasiado cuando los curas (o los 'animadores' y aledaños) usan la palabra "Eucaristía" para decir "Misa"; y tampoco -igual que Tom, creo- confío demasiado en ese disgusto mío. Parece haber alguna miopía generalizada acá; (sectarismos, prejuicios, pajas en ojos ajenos, guitarras vs latines; falta de simplicidad, de atención y de interioridad, en suma) que nos estorban para ver las cosas en su grandeza y su unidad. Y no es sólo la desconexión entre "ofrenda" y "recepción", también "ofrenda", "sacrificio", "comunión"...
Lo digo algo brutalmente, sí. Pero es que en mis tiempos he oído bastante sobre recibir el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús, y muy poco sobre cómo mi recepción se relaciona sobre lo que ha ocurrido en el altar unos minutos antes. He oído a sacerdotes decir que la razón de que los fieles acudimos a Misa es para recibir a Jesús en la Eucaristía, pero no he oído mencionar cómo estamos involucrados en el ofrecimiento al Padre. También el lenguaje trae sus problemas. Decimos "la Eucaristía", para significar tanto el acto litúrgico como la Hostia consagrada. Decimos "el Santísimo Sacramento" para significar a Jesús bajo las apariencias de vino y pan; aunque (según Santo Tomás) el acto sacramental en sí es el sacerdote pronunciando las palabras de la institución sobre el pan y el vino. Esta dualidad de significados debería ayudarnos a asociar en nuestras mentes el ofrecimiento y la recepció ... pero, al sentirnos los fieles involucrados en lo segundo y no en lo primero, pareciera que más bien contribuye a empeorar las cosas. Yo, al menos, tiendo a pensar en términos de "Misa" por un lado y "Eucaristía" por otro; lo primero es donde recibo lo segundo; y cuando alguien usa lo segundo para significar lo primero, me suena a una afectación... El domingo pasado, en uno de esos sermones algo demasiado entusiastas y abigarrados... tuve la sorpresa de pescar varias ideas que me andaban rondando. Una de ellas, muy cerca de lo anterior. El cura (nada "tradi") a propósito del Corpus Christi, lamentaba que la liturgia reciente, por culpa de algunos teólogos, tendiera a olvidar el aspecto del sacrificio en la Eucaristía, convirtiendo a al altar en mesa de banquete (mandó al frente, en especial, a los neocatecumenales, con sus altares-mesas gigantes); sin sacrificio no hay banquete, decía. Y a mí (otro aspecto diferente, pero no lejano) también me importa recordar que este banquete -entendido en el sentido más elemental, el de recibir el sacramento al comer la hostia consagrada- ni es el motivo esencial de mi asistencia a la misa, que aunque no quiera o no pueda hacerlo igual participo del banquete, y que, en todo caso, este banquete no tendría sustancia si no fuera anticipo del banquete que esperamos. (Y por ese motivo -no estoy seguro de que sea bueno o suficiente- me molesta que algunos curas modifiquen la frase "Felices los invitados a la cena del Señor" diciendo "Felices nosotros que hoy somos invitados a la cena del Señor", porque a mi ver se pierde esa referencia, esencial). El Catecismo tiene algo que decir, veo ahora. Y de paso, este boletín liturgico con su consultorio, parece razonable, por lo poco que ví (no se asusten -o no se ilusionen- con el patrono). lunes, 26 mayo 2008
Manchar y destruir
Tendencia a difundir el mal hacia afuera: también la tengo. Los seres y las cosas no me son suficientemente sagrados. ¡Ojalá no manchara yo nada, aunque estuviera íntegramente convertida en fango!
Anoto una obviedad, apuntada por
la misma analogía:
así como nos es mucho más fácil manchar que limpiar, romper una escultura griega que esculpirla, igualmente nos queda mucho más a mano destruir felicidades que crearlas.
El que se propone hacer sufrir
a un prójimo, tiene las cosas fáciles; el que quiere hacerlo feliz... no tanto.
No manchar nada, ni aun en mi pensamiento. Ni siquiera en mis peores momentos destruiría una estatua griega o un fresco de Giotto. ¿Por qué, entonces, otra cosa? ¿Por qué, por ejemplo, un instante de la vida de un ser humano, que podría ser feliz por un momento? Simone Weil - Cuadernos (La gravedad y la gracia) (Y encima la destrucción procura un placer cierto, una ilusión de poder creador -aunque sea en sentido negativo; un sucedáneo no sin sabor, y a precio casi regalado.) ¿Responde esto el interrogante —el por qué— de Simone? Parece más bien que sólo lo desarrolla. Porque, justamente, ese ... mundo, en el que destruir (escultura o felicidades) resulta lo más hacedero, vendría a ser el que está regido por las mecánicas de lo que Simone llamaba la gravedad (o la pesantez *). Ahora bien: hay otro mundo... creemos; infinitesimal pero supremamente vivo (como la semilla de mostaza), que también tiene sus mecánicas, menos evidentes pero igualmente visibles. Y también pueden vislumbrarse en la analogía del principio: ¿destruir una escultura griega es en verdad más fácil que esculpirla? Sólo en un sentido. El que ha aprendido a amar la belleza, encontrará abrumadoramente difícil (en otro sentido) romper la escultura; y al artista de genio (análogado inferior de la santidad) encuentra alegría y placer al crear belleza -y lo hace, en cierto sentido, con facilidad. Todo esto es bastante sencillo; y trasponerlo del plano estético al moral y al espiritual, también es sencillo. En abstracto, claro está. Es, por otro lado, enseñanza constante de los que saben por experiencia en estas cosas, que el bien se alimenta a sí mismo, que hay que mortificarse en los comienzos para hacer el bien cada vez más naturalmente, para moverse en el plano en que la gravedad y la entropía de acá abajo no influyen. Lindo debe ser, llegar a tener fácil eso de crear belleza, felicidad, oración... * También podría venir a cuento acá la segunda ley de la termodinámica -el crecimiento de la entropía. domingo, 25 mayo 2008
Músicas de por acá
Anduve hace poco relevando entre las letras de tango aquellas
dedicadas al tema amoroso, sea en el registro de declaración,
o de dicha-celebración. Haberlas, haylas; pero son bastante pocas,
en comparación con las dedicadas al amor frustrado (generalmente
por culpa femenina); aun conociendo por dónde suele discurrir la temática
tanguera, la escasez no dejó de impresionarme.
Pero más difícil tuvo la búsqueda Lidia Borda, cuando hace unos años fue invitada, como representante de la música argentina en la inauguración de la nueva biblioteca de Alejandría, a cantar algún tango que hablara «de la paz y el amor universal». Je. De eso no tenemos; por suerte, vea... Pero igual ella se tiró a la pileta con un tango que no tiene nada que ver (con la temática; y no mucho con el tango) y se salió con la suya. Me gusta Lidia Borda, creo que ya lo he dicho. Y fue una grata sorpresa leer que a ella le gustaba Luis Cardei, que en buena medida fue su canto lo que la decidió a dedicarse al tango. Grata, porque me gusta mucho Cardei; y sorpresa, porque no tienen mucha semejanza como cantores... voz chiquita la de él, voz grande la de ella; aunque hay seguramente una afinidad estética que corre más hondo. Vayan pues dos de Cardei. Y ya que estamos: murió estos días Adolfo Ábalos, el pianista de los hermanos Ábalos, prócer de nuestro folklore. Pucha que va quedando pocos. Grabé una airosa zambita suya, a modo de pequeño homenaje. lunes, 19 mayo 2008
Esperanzas que estorban
En "Los siete pilares de la sabiduría", de T. E. Lawrence, leo esto:
... rogó a Buxton que no siguiera matando, directamente en el camino,
los camellos exhaustos por la marcha; porque sus soldados hacían de cada res muerta que encontraban una excusa para el banquete y
la dilación.
Me costó un poco llegar a entenderlo —o creer entenderlo—, eso de «perder la esperanza»
y «la amargura de la derrota». Parece que la
esperanza se refiere acá a lo inmediato, a la batalla
(literal o no, pero en todo caso circunstancial y
terrena) por vivir.
Y, claro: si te morís, es que esa batalla la perdiste.
La bendición de la agonía larga, en ese modo
de ver las cosas, sería la de poder dejar esa derrota (y su amargura) atrás, lejos; lo feo es morir en la derrota (derrota en cuanto acto: losing fight),
no es buen momento; mejor, después.Abdulla tenía problemas para entender por qué los británicos sacrificaban a las bestias que debían abandonar. Yo le hice notar que los árabes nos matábamos entre nosotros en caso de caer heridos de gravedad en la batalla; pero Abdulla replicó que eso sólo era para evitar perder el honor, ante la posibilidad de ser torturados. Él creía que prácticamente todo hombre vivo debía preferir una muerte gradual por agotamiento en el desierto a un desenlace súbito; aún más: a su ver, la muerte lenta era la más misericordiosa de todas, puesto que el haber perdido la esperanza evitaba al agonizante la amargura de la derrota, y dejaba a la naturaleza humana desembarazada de todo, bien compuesta para entregarse a la misericordia de Dios. Y a nuestra convicción inglesa, de que era más bondadoso apurar la muerte de cualquier ser vivo —exceptuado el hombre—, simplemente no podía tomarla en serio. Extraña manera de ver las cosas, rebuscada tal vez; no sé si para el mismo Lawrence (curioso cómo usa el nosotros para referirse a los árabes primero y a los ingleses después). Creo vislumbrar su lado bello, verdadero, y no sé en qué medida deba ser tenido por radicalmente ajena a nuestra (cristiana, si quieren) manera de ver las cosas. En todo caso, creo que nosotros sí podemos tomarla en serio. Sobre todo considerando qué poco nos va quedando de aquella excepción que hace Lawrence al final. Y quién sabe también si no podríamos hacer alguna aplicación útil en otros órdenes —y no sólo individuales— sobre otras derrotas que convendría dejar, con su amarguras, bien atrás. Cuestión de saber morir. miércoles, 14 mayo 2008
El tiempo que nos lleva
A continuación de aquella nota, Simone Weil trae esta otra, especialmente
impresionante para mí, creo haberla citado ya:
El tiempo nos conduce —siempre—
adonde no queremos ir. Amemos al tiempo.
Hermoso. Amarlo, no a pesar de eso, sino por eso.Seguramente (digo yo) esto hay que entenderlo en el mismo sentido en que Simone dice que hay que amar la realidad (y cerca del amor fati), y amar la resistencia que ofrecen las cosas y las circunstancias a nuestra voluntad (al contrario de las cosas imaginadas), signo palpable de que el universo existe y que pende de una voluntad más alta que la propia ("la alegría y el sentimiento de la realidad son la misma cosa"). Traspuesto el pensamiento —los dos polos del pensamiento: el siempre y la consecuencia— a otro plano (mucho más bajo, sin duda) se me ocurre: el optimismo progresista no acepta lo primero (creemos que el tiempo nos lleva donde queremos ir; y por eso amamos -en cierto sentido- al tiempo), el tradicionalismo reaccionario no acepta lo segundo (el tiempo nos lleva lejos de donde queríamos estar; por eso, odiamos -en cierto sentido- al tiempo). Contra desánimo, talento
Encuentro entre las notas sueltas, esbozadas
y a menudo crípticas de los Cuadernos de Simone Weil (p. 290)
una idea que me recuerda algo
que yo pensaba una vez, sobre el virtuosismo como condición
casi necesaria de la genialidad (artística, en primer lugar; pero no sólo).
Pero lo de Simone va por otro lado, y —vaya por la novedad—
es mucho más profundo y sugerente.
—Tal vez— el genio no sea más que la capacidad
de atravesar las «noches oscuras». Los que carecen de él son
los que, no bien llegan al borde de la noche oscura, se desaniman
y declaran: no puedo; no estoy hecho para esto; no entiendo nada.
Y también acá, no creo que haga falta limitar esto a las artes
de escribir poesía o tocar el violín. Vivir. La santidad.
Y la noche oscura, en el sentido estricto (*).
(Como esos que dicen: me gusta la poesía, pero cada vez que he intentado escribir un poema, era tan malo que se me quitaban las ganas de seguir.) Por eso el talento es, en general —casi siempre— —prácticamente siempre— una condición del genio. Antes de abordar la noche oscura, el hecho de haber igualado o superado a los mejores en una especialidad (los mejores contemporáneos) constituye una poderosa defensa contra la creencia en la propia incapacidad y contra el desánimo. Por otro lado, este pensamiento de que el talento es escudo contra el desánimo podría ser causa de desánimo, para los que se reconocen sin talentos (en uno u otro sentido), mejores en nada. Adivino que esto a Simone le tendría sin cuidado (¿qué buscabas, un libro de autoayuda?). Y si el talento es un don (y casi por consiguiente, entonces, el genio) sería pecado de envidia rebelarse contra ese hecho; este no es lugar para igualitarismos. Pero también podría ser que no se trate solo de talento nato, sino también de habilidad -parcialmente- adquirida. Habilidad que, como el talento, no sería importante por sí sino por servir de apoyo; ganar confianza para seguir. Podría ser. Y podría ser también que esto arroje alguna luz sobre la obligación (grave, tal vez) del no-talentoso de aplaudir al talentoso. * No me cae muy bien el uso demasiado extendido de la expresión (como las trivializaciones sobre aquello de "cargar las cruces"); la «noche oscura» de que habla San Juan, me parece, no la cruza (ni la vislumbra) cualquiera, que es un estado alto, a no confudir confundir con cualquier sequedad o pena de las que tenemos todos. martes, 13 mayo 2008
Josefina
... Aunque en el fondo estamos preocupados por cosas muy diferentes, y el silencio no reina sólo porque ella canta, y muchos ni siquiera miran y prefieren hundir el rostro en la piel del vecino, y Josefina parece por lo tanto esforzarse inútilmente en el escenario... hay algo sin embargo en su canto —y esto no puede negarse— que nos conmueve. Esos chillidos que lanza mientras todos están entregados al silencio, nos llegan como un mensaje del pueblo entero a cada uno de nosotros; el tenue chillido de Josefina en medio de esos momentos de graves decisiones es casi como la miserable existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto del mundo hostil. Josefina se impone, con su nada de voz, con su nada de técnica se impone y nos llega al alma; nos hace bien pensar en eso. En esos momentos, no soportaríamos a una verdadera artista del canto, suponiendo que hubiera alguna entre nosotros, y a todos nos espantaría la insensatez de semejante concierto. Que Josefina no descubra jamás que la escuchamos justamente porque no es una gran cantante. Algún presentimiento de esto ha de tener, de otro modo ¿con qué motivo negaría tan apasionadamente que la escuchamos?; pero igual sigue cantando, tratando de alejar a chillidos ese presentimiento...
Franz Kafka- «Josefina, la cantante» o «El pueblo de los ratones» - (fragmento) |
Entradas:
Contacto:
Fotos del apocalipsis Buscar en blog anterior: [+] |
|