CUESTIÓN 67
A continuación se ha de estudiar la permanencia de las virtudes
después de esta vida (cf. q.64 introd.), y sobre ello se abordan seis
problemas:
- ¿Permanecen después de esta vida las virtudes morales?
- ¿Permanecen las virtudes intelectuales?
- ¿Permanece la fe?
- ¿Permanece la esperanza?
- ¿Permanece algo de la fe o de la esperanza?
- ¿Permanece la caridad?
1. Los hombres en el estado de la gloria futura serán semejantes a
los ángeles, según se dice en Mt 22,30. Pero es ridículo poner
virtudes morales en los ángeles, según se dice en el libro X
Ethic. Luego tampoco en los hombres habrá
virtudes morales después de esta vida.
2. Las virtudes morales perfeccionan al hombre en la vida activa.
Pero la vida activa no permanece después de esta vida, pues dice San
Gregorio en el libro VI Moral. : Las obras de
la vida activa pasan con el cuerpo. Luego las virtudes morales no
permanecen después de esta vida.
3. La templanza y la fortaleza, que son virtudes morales, pertenecen
a las partes irracionales, como dice el Filósofo en el libro III
Ethic. Pero las partes irracionales del alma se
corrompen al corromperse el cuerpo, por ser actos de órganos
corporales. Luego parece que las virtudes morales no permanecen
después de esta vida.
Respondo: Según refiere San Agustín, en el
libro XIV De Trin., Tulio Cicerón
sostuvo que las cuatro virtudes cardinales no
permanecen después de esta vida, sino que en la otra vida los hombres
son bienaventurados con el solo conocimiento de la naturaleza, en la
cual nada hay mejor y más amable, añade San Agustín en el lugar
citado, que la naturaleza que creó todas las
naturalezas. Pero él mismo afirma después que estas cuatro
virtudes existen en la vida futura, aunque de otro
modo.
Para esclarecimiento de ello hay que tener en cuenta que en estas virtudes hay algo formal y algo cuasi material. Lo material en estas virtudes es la inclinación de la parte apetitiva hacia las pasiones u operaciones según un modo determinado. Pero como este modo lo determina la razón, de ahí que lo formal en todas las virtudes sea el orden mismo de la razón.
Así, pues, hay que decir que estas virtudes morales en la vida futura no permanecen en cuanto a lo que hay de material en ellas, porque en la vida futura no tendrán lugar las concupiscencias y delectaciones de la alimentación y del sexo, como tampoco habrá temores y audacias de cara a los peligros de muerte, ni distribuciones y cambios de las cosas que se usan en la vida presente. Pero en cuanto a lo que hay de formal en ellas, permanecerán en estado perfectísimo en los bienaventurados después de esta vida, en el sentido de que la razón de cada uno será rectísima respecto de aquellas cosas que le conciernen a él en aquel estado, y la facultad apetitiva se moverá totalmente de acuerdo con el orden de la razón en las cosas concernientes a aquel estado. De ahí que San Agustín diga, en el lugar citado, que la prudencia se dará allí sin peligro alguno de error; la fortaleza, sin la molestia de tolerar los males; la templanza, sin la rebelión de las concupiscencias. De modo que a la prudencia corresponderá no anteponer ni equiparar bien alguno a Dios; a la fortaleza, adherirse a El firmísimamente; a la templanza, no deleitarse en defecto dañoso alguno. En cuanto a la justicia es más fácil ver qué acto tendrá allí, a saber, estar sometido a Dios, ya que también en esta vida pertenece a la justicia estar sometido al superior.
Para esclarecimiento de ello hay que tener en cuenta que en estas virtudes hay algo formal y algo cuasi material. Lo material en estas virtudes es la inclinación de la parte apetitiva hacia las pasiones u operaciones según un modo determinado. Pero como este modo lo determina la razón, de ahí que lo formal en todas las virtudes sea el orden mismo de la razón.
Así, pues, hay que decir que estas virtudes morales en la vida futura no permanecen en cuanto a lo que hay de material en ellas, porque en la vida futura no tendrán lugar las concupiscencias y delectaciones de la alimentación y del sexo, como tampoco habrá temores y audacias de cara a los peligros de muerte, ni distribuciones y cambios de las cosas que se usan en la vida presente. Pero en cuanto a lo que hay de formal en ellas, permanecerán en estado perfectísimo en los bienaventurados después de esta vida, en el sentido de que la razón de cada uno será rectísima respecto de aquellas cosas que le conciernen a él en aquel estado, y la facultad apetitiva se moverá totalmente de acuerdo con el orden de la razón en las cosas concernientes a aquel estado. De ahí que San Agustín diga, en el lugar citado, que la prudencia se dará allí sin peligro alguno de error; la fortaleza, sin la molestia de tolerar los males; la templanza, sin la rebelión de las concupiscencias. De modo que a la prudencia corresponderá no anteponer ni equiparar bien alguno a Dios; a la fortaleza, adherirse a El firmísimamente; a la templanza, no deleitarse en defecto dañoso alguno. En cuanto a la justicia es más fácil ver qué acto tendrá allí, a saber, estar sometido a Dios, ya que también en esta vida pertenece a la justicia estar sometido al superior.
1. El Filósofo habla allí de estas
virtudes morales en cuanto a lo que hay de material en
ellas, como son los cambios y los depósitos en
la justicia; los terrores y los peligros en la fortaleza;
las concupiscencias malsanas en la templanza.
2. Cosa parecida hay que responder
a la segunda objeción, pues las cosas concernientes a la vida activa
constituyen el elemento material de las virtudes.
3. El estado del hombre después de
esta vida es doble: uno, antes de la resurrección, cuando las almas
estarán separadas de sus cuerpos; otro, después de la resurrección,
cuando las almas se unirán de nuevo a sus cuerpos. Pues bien, en el
estado de resurrección habrá facultades irracionales en órganos
corporales tal como existen ahora, de modo que podrá haber fortaleza
en el apetito irascible y templanza en el apetito concupiscible, en
cuanto que una y otra facultad estarán perfectamente dispuestas a
obedecer a la razón. Pero en el estado anterior a la resurrección las
partes irracionales no existirán en acto en el alma, sino tan sólo
radicalmente en la esencia de la misma, según se ha dicho en la
primera parte (q.77 a.8). En consecuencia, tampoco estas virtudes
existirán en acto a no ser en su raíz, esto es, en la razón y en la
voluntad, donde existen ciertas semillas de estas virtudes, según
queda dicho (q.63 a.1). Pero la justicia, que reside en la voluntad,
permanecerá incluso en acto. Por eso de ella especialmente se ha dicho
(arg. en contrario) que es perpetua e inmortal: tanto por razón
del sujeto, ya que la voluntad es incorruptible, como por la semejanza
del acto, según se ha dicho antes.
¿Permanecen después de esta vida las virtudes intelectuales?
1. Dice el Apóstol, 1 Cor 13,8-9, que la ciencia se
desvanecerá, y razón de ello es porque nuestro conocimiento es
parcial. Pero así como el conocimiento de ciencia es parcial, es
decir, imperfecto, también lo es el conocimiento de las otras virtudes
intelectuales mientras dura esta vida. Luego todas las virtudes
intelectuales cesarán después de esta vida.
2. Dice el Filósofo, en Predicamentis, que la
ciencia, por ser un hábito, es una cualidad difícilmente movible; pues
no se pierde con facilidad, a no ser por una fuerte transmutación o
enfermedad. Pero no hay mayor transmutación del cuerpo humano que la
de la muerte. Luego la ciencia y las demás virtudes intelectuales no
permanecen después de esta vida.
3. Las virtudes intelectuales perfeccionan el entendimiento para
ejercer bien el propio acto. Pero parece que el acto de entendimiento
no se da después de esta vida, porque, según se dice en el libro
III De anima, el alma no entiende nada sin
el fantasma, y después de esta vida no permanecen los fantasmas,
ya que no existen sino en los órganos corpóreos. Luego las virtudes
intelectuales no permanecen después de esta vida.
Contra esto: el conocimiento de las cosas universales y necesarias es
más firme que el de las particulares y contingentes.
Pero en el hombre permanece después de esta vida el conocimiento de
las cosas particulares contingentes, por ejemplo, el de las cosas que
uno hizo o padeció, según aquello de Lc 16,25: Acuérdate de que
recibiste ya tus bienes en vida y Lázaro recibió males. Luego con
mayor razón permanecerá el conocimiento de las cosas universales y
necesarias que son objeto de la ciencia y de las demás virtudes
intelectuales.
Respondo: Según se ha dicho en la primera parte
(q.79 a.6), algunos sostuvieron que las especies
inteligibles no permanecen en el entendimiento posible más que cuando
entiende en acto; y que después de cesar la consideración actual no
hay conservación de especies más que en las facultades sensitivas, que
son actos de órganos corporales, es decir, en la imaginación y en la
memoria. Pero estas facultades desaparecen al corromperse el cuerpo.
Por tanto, según esta posición, ni la ciencia ni cualquier otra virtud
intelectual permanecerá en modo alguno después de esta vida al
corromperse el cuerpo.
Pero esta opinión es contraria a la doctrina de Aristóteles, quien dice, en el libro III De anima, que el entendimiento posible pasa al acto cuando se hace cada una de las cosas por la ciencia; aun cuando esté en potencia para conocer en acto. Es también contraria a la razón, porque las especies inteligibles se reciben en el entendimiento posible de modo inamovible según el modo del recipiente. De ahí que al entendimiento posible se le llame lugar de las especies, como conservador de las especies inteligibles.
Pero los fantasmas, a los que mira el hombre para entender en esta vida, aplicando a ellas las especies inteligibles, según se ha dicho en la primera parte (q.84 a.7; q.85 a.1 ad 5), desaparecen al corromperse el cuerpo. De ahi que, en cuanto a los fantasmas mismos, que son como el elemento material en las virtudes intelectuales, al destruirse el cuerpo se destruyen también las virtudes intelectuales; pero en cuanto a las especies inteligibles, que residen en el entendimiento posible, las virtudes intelectuales permanecen. Ahora bien, las especies constituyen el elemento formal de las virtudes intelectuales. Luego éstas permanecen después de esta vida en cuanto a lo que hay de formal en ellas, aunque no en cuanto a lo que hay de material, tal como se ha dicho también de las virtudes morales (a.l).
Pero esta opinión es contraria a la doctrina de Aristóteles, quien dice, en el libro III De anima, que el entendimiento posible pasa al acto cuando se hace cada una de las cosas por la ciencia; aun cuando esté en potencia para conocer en acto. Es también contraria a la razón, porque las especies inteligibles se reciben en el entendimiento posible de modo inamovible según el modo del recipiente. De ahí que al entendimiento posible se le llame lugar de las especies, como conservador de las especies inteligibles.
Pero los fantasmas, a los que mira el hombre para entender en esta vida, aplicando a ellas las especies inteligibles, según se ha dicho en la primera parte (q.84 a.7; q.85 a.1 ad 5), desaparecen al corromperse el cuerpo. De ahi que, en cuanto a los fantasmas mismos, que son como el elemento material en las virtudes intelectuales, al destruirse el cuerpo se destruyen también las virtudes intelectuales; pero en cuanto a las especies inteligibles, que residen en el entendimiento posible, las virtudes intelectuales permanecen. Ahora bien, las especies constituyen el elemento formal de las virtudes intelectuales. Luego éstas permanecen después de esta vida en cuanto a lo que hay de formal en ellas, aunque no en cuanto a lo que hay de material, tal como se ha dicho también de las virtudes morales (a.l).
A las objeciones:
1. La frase de San Pablo ha de
entenderse en cuanto a lo que hay de material en la ciencia y en
cuanto al modo de entender, porque, efectivamente, al destruirse el
cuerpo no permanecerán los fantasmas ni habrá uso de la ciencia por
conversión a los fantasmas.
2. Por la enfermedad se destruye
el hábito de ciencia en cuanto a lo que hay de material en él, esto
es, en cuanto a los fantasmas; pero no en cuanto a las especies
inteligibles, que residen en el entendimiento posible.
3. Después de la muerte el alma
separada tiene un modo de entender distinto, que no es por conversión
a los fantasmas, según se ha dicho en la primera parte (q.89 a.1). Y
así permanece la ciencia, aunque no sea con el mismo modo de obrar, lo
mismo que se ha dicho también de las virtudes morales
(a.l).
¿Permanece la fe después de esta vida?
1. La fe es más noble que la ciencia. Pero la ciencia permanece
después de esta vida, según se ha dicho (a.2). Luego también la
fe.
2. Se dice en 1 Cor 3,11: Nadie puede poner otro fundamento sino
el que está puesto, que es Jesucristo, esto es, la fe de
Jesucristo. Pero, removido el fundamento, no permanece lo edificado
sobre él. Luego, si la fe no permanece después de esta vida, tampoco
permanecerá virtud otra alguna.
3. El conocimiento de la fe y el conocimiento de la gloria difieren
como lo imperfecto y lo perfecto. Pero el conocimiento imperfecto
puede darse simultáneamente con el conocimiento perfecto, como en el
ángel puede existir a la vez el conocimiento vespertino y el
conocimiento matutino, y un hombre puede tener a la vez de una misma
conclusión ciencia por un silogismo demostrativo y opinión por un
silogismo dialéctico. Luego también la fe puede coexistir, después de
esta vida, con el conocimiento de la gloria.
Contra esto: dice el Apóstol, en 2 Cor 5,6-7: Mientras moramos en
este cuerpo, estamos ausentes del Señor, porque caminamos en fe y no
en visión. Pero los que están en la gloria no están ausentes del
Señor, sino presentes a El. Luego la fe no permanece después de esta
vida en la gloria.
Respondo: La oposición es por sí misma causa de
que una cosa sea excluida por otra, en cuanto que en toda oposición va
incluida la oposición de afirmación y negación. Pero en ciertas cosas
se da oposición según formas contrarias, como ocurre con el blanco y
el negro en los colores. En otras cosas se da según lo perfecto y lo
imperfecto: de ahí que en las alteraciones lo más y lo menos se tomen
como contrarios, como en el paso de lo menos caliente a lo más
caliente, según se dice en el libro V Physic. Y
como lo perfecto y lo imperfecto se oponen, es imposible que la
perfección y la imperfección coexistan al mismo tiempo bajo el mismo
aspecto.
Pero hay que tener en cuenta que a veces la imperfección es esencial a la cosa y pertenece a su especie, como la falta de razón pertenece a la esencia específica del caballo o del buey. Y como una cosa, permaneciendo la misma numéricamente, no puede pasar de una especie a otra, se sigue que, si se quita tal imperfección, se anula la especie de la cosa, como el buey o el caballo dejarían de serlo si fuesen racionales. Otras veces la imperfección no pertenece a la razón específica, sino que afecta al individuo por alguna otra causa, como a un hombre le sobreviene el defecto de razón en cuanto que tiene impedido el uso de la misma por el sueño, la embriaguez o cosa parecida. Mas es claro que al remover tal imperfección permanece la sustancia de la cosa.
Pues bien, es manifiesto que la imperfección del conocimiento es esencial a la fe, pues entra en su definición, ya que la fe es, según se dice en Heb 11,1, la firme seguridad de lo que esperamos, convicción de lo que no vemos. Y San Agustín dice : ¿Qué es la fe? Creer lo que no ves. Pero un conocimiento sin aparición o visión es un conocimiento imperfecto. Por tanto, la imperfección del conocimiento es esencial a la fe. Resulta, pues, manifiesto que la fe, permaneciendo numéricamente la misma, no puede ser conocimiento perfecto.
Resta ver ulteriormente si puede coexistir simultáneamente con un conocimiento perfecto; pues nada prohibe que un conocimiento imperfecto se dé a veces con un conocimiento perfecto simultáneamente. Debemos, pues, advertir que el conocimiento puede ser imperfecto de tres modos. Uno, por parte del objeto cognoscible; otro, por parte del medio de conocimiento; y otro, finalmente, por parte del sujeto. Por parte del objeto cognoscible difieren como perfecto e imperfecto el conocimiento matutino y el conocimiento vespertino en los ángeles, pues el conocimiento matutino es conocimiento de las cosas en cuanto que tienen ser en el Verbo, mientras que el conocimiento vespertino es conocimiento de ellas en cuanto que tienen ser en su propia naturaleza, el cual es imperfecto en comparación con el primer ser. Por parte del medio de conocimiento difieren como conocimiento perfecto e imperfecto el conocimiento de una conclusión por medio demostrativo y el conocimiento de esa misma conclusión por medio probable. Y por parte del sujeto difieren como perfecto e imperfecto la opinión, la fe y la ciencia. Pues de la esencia de la opinión es que se acepte una cosa con miedo de que sea verdad la opuesta; de ahí que no sea firme la adhesión. En cambio, a la ciencia le es esencial la firme adhesión con visión intelectual, pues tiene certeza fundada en el entendimiento de los principíos. La fe ocupa un término medio, pues excede a la opinión, al tener firme adhesión; y no llega a ciencia, al no tener visión.
Pues bien, es evidente que lo perfecto y lo imperfecto no pueden darse simultáneamente bajo un mismo aspecto; pero las cosas que difieren como lo perfecto y lo imperfecto, pueden convenir bajo algún mismo aspecto en otras cosas. Así, pues, el conocimiento perfecto e imperfecto por parte del objeto de ningún modo pueden versar sobre el mismo objeto; pueden, sin embargo, convenir en el mismo medio y en el mismo sujeto, pues nada impide que un mismo hombre tenga simultáneamente y de una vez por un mismo medio conocimiento de dos cosas, una perfecta y otra imperfecta, como de la salud y de la enfermedad, o del bien y del mal. De modo similar también es imposible que el conocimiento perfecto y el conocimiento imperfecto por parte del medio convengan en el mismo medio; pero nada impide que convengan en un mismo objeto y en un mismo sujeto, pues un mismo hombre puede conocer la misma conclusión por un medio probable y por un medio demostrativo. Y es asimismo imposible que el conocimiento perfecto e imperfecto por parte del sujeto se den simultáneamente en el mismo sujeto. Ahora bien, es de la razón de la fe el ser algo imperfecto por parte del sujeto, de manera que el creyente no ve lo que cree. En cambio, de la razón de la bienaventuranza es el ser algo perfecto por parte del sujeto, de manera que el bienaventurado ve aquello que le hace bienaventurado, según se ha dicho anteriormente (q.3 a.8). Resulta, pues, manifiesto que es imposible que la fe permanezca simultáneamente con la bienaventuranza en el mismo sujeto.
Pero hay que tener en cuenta que a veces la imperfección es esencial a la cosa y pertenece a su especie, como la falta de razón pertenece a la esencia específica del caballo o del buey. Y como una cosa, permaneciendo la misma numéricamente, no puede pasar de una especie a otra, se sigue que, si se quita tal imperfección, se anula la especie de la cosa, como el buey o el caballo dejarían de serlo si fuesen racionales. Otras veces la imperfección no pertenece a la razón específica, sino que afecta al individuo por alguna otra causa, como a un hombre le sobreviene el defecto de razón en cuanto que tiene impedido el uso de la misma por el sueño, la embriaguez o cosa parecida. Mas es claro que al remover tal imperfección permanece la sustancia de la cosa.
Pues bien, es manifiesto que la imperfección del conocimiento es esencial a la fe, pues entra en su definición, ya que la fe es, según se dice en Heb 11,1, la firme seguridad de lo que esperamos, convicción de lo que no vemos. Y San Agustín dice : ¿Qué es la fe? Creer lo que no ves. Pero un conocimiento sin aparición o visión es un conocimiento imperfecto. Por tanto, la imperfección del conocimiento es esencial a la fe. Resulta, pues, manifiesto que la fe, permaneciendo numéricamente la misma, no puede ser conocimiento perfecto.
Resta ver ulteriormente si puede coexistir simultáneamente con un conocimiento perfecto; pues nada prohibe que un conocimiento imperfecto se dé a veces con un conocimiento perfecto simultáneamente. Debemos, pues, advertir que el conocimiento puede ser imperfecto de tres modos. Uno, por parte del objeto cognoscible; otro, por parte del medio de conocimiento; y otro, finalmente, por parte del sujeto. Por parte del objeto cognoscible difieren como perfecto e imperfecto el conocimiento matutino y el conocimiento vespertino en los ángeles, pues el conocimiento matutino es conocimiento de las cosas en cuanto que tienen ser en el Verbo, mientras que el conocimiento vespertino es conocimiento de ellas en cuanto que tienen ser en su propia naturaleza, el cual es imperfecto en comparación con el primer ser. Por parte del medio de conocimiento difieren como conocimiento perfecto e imperfecto el conocimiento de una conclusión por medio demostrativo y el conocimiento de esa misma conclusión por medio probable. Y por parte del sujeto difieren como perfecto e imperfecto la opinión, la fe y la ciencia. Pues de la esencia de la opinión es que se acepte una cosa con miedo de que sea verdad la opuesta; de ahí que no sea firme la adhesión. En cambio, a la ciencia le es esencial la firme adhesión con visión intelectual, pues tiene certeza fundada en el entendimiento de los principíos. La fe ocupa un término medio, pues excede a la opinión, al tener firme adhesión; y no llega a ciencia, al no tener visión.
Pues bien, es evidente que lo perfecto y lo imperfecto no pueden darse simultáneamente bajo un mismo aspecto; pero las cosas que difieren como lo perfecto y lo imperfecto, pueden convenir bajo algún mismo aspecto en otras cosas. Así, pues, el conocimiento perfecto e imperfecto por parte del objeto de ningún modo pueden versar sobre el mismo objeto; pueden, sin embargo, convenir en el mismo medio y en el mismo sujeto, pues nada impide que un mismo hombre tenga simultáneamente y de una vez por un mismo medio conocimiento de dos cosas, una perfecta y otra imperfecta, como de la salud y de la enfermedad, o del bien y del mal. De modo similar también es imposible que el conocimiento perfecto y el conocimiento imperfecto por parte del medio convengan en el mismo medio; pero nada impide que convengan en un mismo objeto y en un mismo sujeto, pues un mismo hombre puede conocer la misma conclusión por un medio probable y por un medio demostrativo. Y es asimismo imposible que el conocimiento perfecto e imperfecto por parte del sujeto se den simultáneamente en el mismo sujeto. Ahora bien, es de la razón de la fe el ser algo imperfecto por parte del sujeto, de manera que el creyente no ve lo que cree. En cambio, de la razón de la bienaventuranza es el ser algo perfecto por parte del sujeto, de manera que el bienaventurado ve aquello que le hace bienaventurado, según se ha dicho anteriormente (q.3 a.8). Resulta, pues, manifiesto que es imposible que la fe permanezca simultáneamente con la bienaventuranza en el mismo sujeto.
A las objeciones:
1. La fe es más noble que la
ciencia por parte del objeto, ya que su objeto es la verdad primera.
Pero la ciencia tiene un modo más perfecto de conocer, que no repugna
a la perfección de la bienaventuranza, es decir, a la visión, como le
repugna el modo de la fe.
2. La fe es fundamento en cuanto a
lo que tiene de conocimiento. Por eso, al perfeccionarse el
conocimiento, más perfecto será el fundamento.
Objeciones por las que parece que la esperanza permanece después de
la muerte en el estado de gloria.
1. La esperanza perfecciona al apetito humano de un modo más noble
que las virtudes morales. Pero las virtudes morales permanecen después
de esta vida, según hace ver San Agustín en el libro XIV De
Trin. Luego mucho más la esperanza.
2. A la esperanza se opone el temor. Pero el temor permanece después
de esta vida, tanto el temor filial en los bienaventurados, que
permanece eternamente, como el temor de las penas en los condenados.
Luego, por igual razón, puede permanecer la esperanza.
3. La esperanza es, como el deseo del bien futuro. Pero en los
bienaventurados se da deseo del bien futuro, no sólo en cuanto a la
gloria del cuerpo, que desean las almas de los bienaventurados, como
dice San Agustín en el libro XII Super Gen. ad litt., sino también en cuanto a la gloria del alma, según aquello de Eclo, 24,29: Los que me coman quedarán con hambre de mí, y los que me beban quedarán de mi sedientos; y en 1 Pe 1,12, se dice: A quien los ángeles desean contemplar. Luego parece que puede existir la esperanza después de esta vida en los bienaventurados.
Contra esto: dice el Apóstol, Rom 8,24: Lo que uno ve, ¿cómo
esperarlo? Pero los bienaventurados ven lo que es objeto de
esperanza, es decir, a Dios. Luego no esperan.
Respondo: Según queda dicho (a.3), lo que
implica esencialmente imperfección del sujeto no puede existir
simultáneamente en el sujeto colmado de la perfección opuesta. Así, es
claro que el movimiento importa en su esencia
imperfección del sujeto, pues es el acto de un ser en potencia en
cuanto que está en potencia . De ahí que, si
aquella potencia se reduce al acto, ya cesa el movimiento; pues no se
sigue blanqueando una cosa después de que ya quedó blanca. Ahora bien,
la esperanza importa cierto movimiento hacia aquello que no se tiene,
según consta por lo dicho anteriormente sobre la pasión de la
esperanza (q.40 a. 1.2). Por tanto, cuando se tenga lo que se espera,
esto es, la fruición de Dios, ya no podrá haber esperanza.
A las objeciones:
1. La esperanza es más noble que
las virtudes morales en cuanto al objeto, que es Dios. Pero el acto de
las virtudes morales no es incompatible con la perfección de la
bienaventuranza, como lo es el acto de la esperanza, a no ser tal vez
por razón de la materia, según la cual no permanecen. Pues la virtud
moral perfecciona el apetito no sólo respecto de lo que aún no se
tiene, sino también respecto de lo que se tiene actualmente.
2. El temor es doble, según se
dirá más adelante (2-2 q.19 a.2): el servil y el filial. El servil es
el temor de la pena, que no podrá darse en la gloria, donde no hay
posibilidad alguna de pena. El temor filial tiene dos actos, a saber:
reverenciar a Dios, y en cuanto a este acto permanece, y temer la
separación de Dios, y en cuanto a este acto no permanece, pues la
separación de Dios tiene razón de mal, y allí no puede temerse mal
alguno, según aquello de Prov 1,33: Se gozará abundantemente,
desaparecido el temor de los males. Pero el temor se opone a la
esperanza con la oposición del bien y del mal, según se ha dicho
anteriormente (q.23 a.2; q.40 a.l). Por tanto, el temor que permanece
en la gloria no es opuesto a la esperanza.
Pero el temor de la pena es más posible en los condenados que la esperanza de la gloria en los bienaventurados, porque en los condenados habrá sucesión de penas, y así permanece allí la razón de futuro, que es el objeto del temor, mientras que la gloria de los santos no tiene sucesión, debido a una participación de la eternidad, en la cual no hay pretérito ni futuro, sino sólo presente. Y, sin embargo, tampoco hay propiamente temor en los condenados, pues, según se ha dicho anteriormente (q.42 a.2), el temor nunca se da sin alguna esperanza de evasión, la cual no se da en modo alguno en los condenados, y, en consecuencia, tampoco el temor, a ño ser hablando en sentido general, en cuanto que se llama temor a cualquier expectación del mal futuro.
Pero el temor de la pena es más posible en los condenados que la esperanza de la gloria en los bienaventurados, porque en los condenados habrá sucesión de penas, y así permanece allí la razón de futuro, que es el objeto del temor, mientras que la gloria de los santos no tiene sucesión, debido a una participación de la eternidad, en la cual no hay pretérito ni futuro, sino sólo presente. Y, sin embargo, tampoco hay propiamente temor en los condenados, pues, según se ha dicho anteriormente (q.42 a.2), el temor nunca se da sin alguna esperanza de evasión, la cual no se da en modo alguno en los condenados, y, en consecuencia, tampoco el temor, a ño ser hablando en sentido general, en cuanto que se llama temor a cualquier expectación del mal futuro.
3. En cuanto a la gloria del alma
no puede haber deseo en los bienaventurados, en cuanto que el deseo
mira al futuro, por la razón ya dicha (ad 2). Se dice que allí hay sed
y hambre en el sentido de que no hay hastío; y en el mismo sentido se
dice que hay deseo en los ángeles. Mas en cuanto a la gloria del
cuerpo puede darse en las almas de los santos deseo, pero no esperanza
propiamente hablando; ni en cuanto que la esperanza es virtud
teológica, pues así tiene por objeto a Dios, no bien creado alguno, ni
en su acepción común, porque el objeto de la esperanza es lo arduo,
según se ha dicho anteriormente (q.40 a.1), mientras que el bien, cuya
causa infrustrable es posesión nuestra, no tiene para nosotros razón
de arduo. Por eso no se dice, hablando con propiedad, que uno
poseyendo dinero espera obtener algo que puede comprar con él
inmediatamente. Pues de modo parecido aquellos que tienen la gloria
del alma no se puede decir que esperen propiamente la gloria del
cuerpo, sino tan sólo que la desean.
¿Permanece algo de la fe o de la esperanza en la gloria?
1. Removido lo que es propio, queda lo que es común, según se dice en
el libro De causis : removido lo racional,
queda lo vivo; y removido lo vivo, queda lo que es. Pero en la fe
hay algo que le es común con la bienaventuranza, a saber: el
conocimiento mismo; y algo que le es propio, a
saber: el que sea oscura, pues la fe es un conocimiento oscuro. Luego,
una vez removida la oscuridad de la fe, permanece aún el conocimiento
mismo de la fe.
2. La fe es una luz espiritual del alma, según aquello de Ef
1,17-18: iluminados los ojos de vuestro corazón en el conocimiento
de Dios. Pero esta luz es imperfecta en comparación con la luz de
la gloria, de la cual se dice en Sal 35,10: En tu luz veremos la
luz. Ahora bien, la luz imperfecta permanece al sobrevenir la luz
perfecta, pues no se extingue la candela cuando sobreviene la claridad
del sol. Luego parece que la luz misma de la fe permanece con la luz
de la gloria.
3. La sustancia del hábito no desaparece porque desaparezca la
materia sobre que versa, pues el hombre puede conservar el hábito de
la liberalidad, aunque haya perdido el dinero; si bien no puede
ejercer el acto. Ahora bien, el objeto de la fe es la verdad primera
no vista. Luego, al desaparecer ese objeto con la visión de la verdad
primera, aún puede permanecer el hábito mismo de la
fe.
Contra esto: la fe es un hábito simple. Pero lo simple o se pierde todo
o se conserva todo. Por tanto, como la fe no permanece totalmente,
sino que será evacuada, según queda dicho (a.3), parece que se pierde
totalmente.
Respondo: Algunos afirmaron que
la esperanza desaparece totalmente, pero la fe se pierde en parte, a
saber: en cuanto a la oscuridad; y permanece en parte, a saber: en
cuanto a la sustancia del conocimiento. Lo cual, si se entiende en el
sentido de que permanece la misma, no numérica, sino genéricamente, es
la pura verdad, pues la fe conviene con la visión de la patria en el
género de conocimiento; mas la esperanza no conviene genéricamente con
la bienaventuranza, ya que la esperanza es respecto de la fruición
beatífica lo que el movimiento respecto de la quietud en el
término.
Pero si se entiende en el sentido de que el conocimiento de la fe permanece numéricamente el mismo en el cielo, esto es totalmente imposible. En efecto, al remover la diferencia de una especie no permanece la sustancia del género numéricamente la misma. Por ejemplo, al remover la diferencia constitutiva de la blancura, no permanece la sustancia del color numéricamente la misma, de modo que el mismo color numéricamente sea unas veces blanco y otras negro. Pues el género no es respecto de la diferencia lo que la materia respectó de la forma, de modo que pueda permanecer la sustancia del género numéricamente la misma al remover la diferencia, así como permanece la sustancia de la materia numéricamente la misma al perder la forma. Porque el género y la diferencia no son partes de la especie; de lo contrario no se predicarían de la especie; sino que, así como la especie significa el todo, es decir, el compuesto de materia y forma en las cosas corporales, así también la diferencia significa el todo, y de modo semejante el género; pero el género denomina al todo por parte de lo que es como materia en él; la diferencia, por parte de lo que es como forma; y la especie, por parte de una y otra. Como, en el hombre, la naturaleza sensitiva es como materia respecto de la intelectiva; pero se dice animal lo que tiene naturaleza sensitiva; racional, lo que tiene naturaleza intelectiva; y hombre, lo que tiene ambas cosas. Así, el mismo todo se expresa mediante los tres términos, pero no por lo mismo.
De donde resulta manifiesto que, al no ser la diferencia sino designativa del género, si se remueve la diferencia, la sustancia del género no puede permanecer la misma; pues no permanece la misma animalidad si es otra el alma que constituye al animal. Por consiguiente, no puede suceder que el mismo conocimiento numéricamente que antes fue oscuro resulte después conocimiento claro. Y así es evidente que nada de lo que hay en la fe permanece idéntico numérica o específicamente en la patria; tan sólo hay identidad en el género.
Pero si se entiende en el sentido de que el conocimiento de la fe permanece numéricamente el mismo en el cielo, esto es totalmente imposible. En efecto, al remover la diferencia de una especie no permanece la sustancia del género numéricamente la misma. Por ejemplo, al remover la diferencia constitutiva de la blancura, no permanece la sustancia del color numéricamente la misma, de modo que el mismo color numéricamente sea unas veces blanco y otras negro. Pues el género no es respecto de la diferencia lo que la materia respectó de la forma, de modo que pueda permanecer la sustancia del género numéricamente la misma al remover la diferencia, así como permanece la sustancia de la materia numéricamente la misma al perder la forma. Porque el género y la diferencia no son partes de la especie; de lo contrario no se predicarían de la especie; sino que, así como la especie significa el todo, es decir, el compuesto de materia y forma en las cosas corporales, así también la diferencia significa el todo, y de modo semejante el género; pero el género denomina al todo por parte de lo que es como materia en él; la diferencia, por parte de lo que es como forma; y la especie, por parte de una y otra. Como, en el hombre, la naturaleza sensitiva es como materia respecto de la intelectiva; pero se dice animal lo que tiene naturaleza sensitiva; racional, lo que tiene naturaleza intelectiva; y hombre, lo que tiene ambas cosas. Así, el mismo todo se expresa mediante los tres términos, pero no por lo mismo.
De donde resulta manifiesto que, al no ser la diferencia sino designativa del género, si se remueve la diferencia, la sustancia del género no puede permanecer la misma; pues no permanece la misma animalidad si es otra el alma que constituye al animal. Por consiguiente, no puede suceder que el mismo conocimiento numéricamente que antes fue oscuro resulte después conocimiento claro. Y así es evidente que nada de lo que hay en la fe permanece idéntico numérica o específicamente en la patria; tan sólo hay identidad en el género.
A las objeciones:
1. Si se remueve la diferencia
racional, lo vivo remanente no es numéricamente lo mismo, sino
tan sólo genéricamente, según consta por lo dicho
.
2. La imperfección de la luz de la
candela no se opone a la perfección de la luz solar, porque no tienen
el mismo sujeto. En cambio, la imperfección de la fe y la perfección
de la gloria se oponen mutuamente, y se refieren al mismo sujeto. Por
tanto, no pueden existir simultáneamente, como tampoco son compatibles
la claridad del aire y su oscuridad.
3. El que pierde el dinero no
pierde la posibilidad de poseer dinero, y, por tanto, no hay
inconveniente en que permanezca el hábito de la liberalidad. Pero en
el estado de gloria no sólo desaparece actualmente el objeto de la fe,
que es lo no visto, sino también su posibilidad, debido a la
estabilidad de la bienaventuranza. Sería, pues, inútil que
permaneciese tal hábito.
¿Permanece la caridad después de esta vida en la gloria?
1. Según se dice en 1 Cor 13,10, cuando llegue lo que es perfecto,
desaparecerá lo que es parcial, es decir, lo imperfecto. Pero la
caridad del estado de vía es imperfecta. Luego desaparecerá al
sobrevenir la perfección de la gloria.
2. Los hábitos y los actos se distinguen según los objetos. Pero el
objeto del amor es el bien aprehendido. Por tanto, como es distinta la
aprehensión de la vida presente y la de la vida futura, parece que no
será la misma la caridad en uno y otro estado.
3. Tratándose de cosas de la misma naturaleza, lo imperfecto puede
llegar a la igualdad de la perfección por el continuo aumento. Pero la
candad del camino nunca puede llegar a la igualdad de la caridad de la
patria por más que aumente. Luego parece que la caridad del estado de
vía no permanece en la patria.
Respondo: Según se ha dicho anteriormente
(a.3), cuando la imperfección de una cosa no es de la razón específica
de la misma, nada impide que, permaneciendo numéricamente idéntica,
pase de ser imperfecta a ser perfecta, como se perfecciona el hombre
por el crecimiento y la blancura por la intensificación. Ahora bien,
la caridad es amor, cuya esencia no implica imperfección alguna; pues
puede tener por objeto lo poseído y lo no poseído, lo visto y lo no
visto. Por tanto, la caridad no desaparece con la perfección de la
gloria, sino que permanece la misma numéricamente.
A las objeciones:
1. La imperfección es accidental a
la caridad, porque el amor no es esencialmente imperfecto. Ahora bien,
desaparecido lo que es accidental, permanece, no obstante, la
sustancia de la cosa. Luego, desaparecida la imperfección de la
caridad, no desaparece la caridad misma.
2. La caridad no tiene por objeto
la aprehensión misma, pues así no sería la misma en el estado de vía y
en la patria; sino que tiene por objeto la cosa misma conocida, la
cual es la misma, es decir, Dios mismo.
3. La caridad del estado de vía no
puede llegar por el aumento a la igualdad de la caridad de la patria,
debido a la diferencia que proviene de la causa, ya que la visión es
cierta causa del amor, según se dice en el libro IX
Ethic. Y a Dios, cuanto más perfectamente se le
conoce, más perfectamente se le ama.




