CUESTIÓN 94
La idolatría
A la pregunta sobre si se ha de comunicar o no con los idólatras se
respondió ya (q.10 a.9), al tratar de la infidelidad.
- ¿Es la idolatría una especie de superstición?
- ¿Es pecado?
- ¿Es el más grave de los pecados?
- ¿Cuál es la causa de este pecado?
Objeciones por las que parece que no es razonable considerar la
idolatría como una especie de superstición.
1. Porque del mismo modo que los herejes son infieles, lo son los
idólatras. Pero la herejía es una de las especies de infidelidad, como
antes se dijo (q.11 a.1). Luego también lo es la idolatría. No es, por
consiguiente, una especie de superstición.
2. la latría pertenece a la religión, y a ésta se opone la
superstición. Pero idolatría y latría —acto esta segunda de la
verdadera religión-son, según parece, palabras unívocas, porque el
apetito de la falsa y verdadera bienaventuranza son unívocos, como lo
son, al parecer, el culto de los falsos dioses, o idolatría, y el de
latría, que es el que la verdadera religión da al verdadero Dios.
Luego la idolatría no es una especie de superstición.
3. la nada no puede ser especie de ningún género. Pero,
por una parte, la idolatría, según parece, no es nada, pues dice el
Apóstol (1 Cor 8,4): Sabemos que el ídolo no es nada en el
mundo; y más adelante (1 Cor 10,19): ¿Qué digo, pues? ¿Que las
carnes sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son
algo? Es, sin duda, una manera de decir que no. Y como, por otra
parte, lo de inmolar a los ídolos es propio de la idolatría, de ello
se sigue que la idolatría, por no ser nada, no puede ser una especie
de superstición.
4. lo propio de la superstición es dar culto divino a
quien no se debe. Pero así como no se debe dar culto divino a los
ídolos, tampoco debería darse a las demás criaturas, razón por la
cual, en Rom 1,25, se reprende a algunos porque adoraron más bien a
las criaturas que al Creador. Luego no está bien llamar a esta especie
de superstición idolatría, sino que se le debe dar más bien el
nombre de latría de la criatura.
Contra esto: está lo que leemos en Hech 17,16: Mientras Pablo
esperaba en Atenas, se consumía interiormente en su espíritu viendo
aquella ciudad entregada a la idolatría; y más adelante:
Atenienses, veo que sois, por todos los conceptos, casi los más
supersticiosos. Luego la idolatría es una especie de
superstición.
Respondo: Que, como consta por lo expuesto
(q.92 a.1.2), lo propio de la superstición es extralimitarse
indebidamente en el culto divino. Sucede esto, sobre
todo, cuando se rinde culto divino a quien no se debe. Ya al hablar de
la religión (q.81 a.1) dijimos que tal culto se ha de rendir
exclusivamente al solo Dios soberano e increado. Por eso es
supersticioso dar culto divino a cualquier criatura.
Mas este culto, lo mismo que se tributaba a criaturas insensibles, valiéndose de ciertos signos sensibles, como sacrificios, juegos y cosas por el estilo, se les daba de igual modo a criaturas representadas en alguna forma o figura sensible, conocidas por el nombre de ídolos. De diversos modos, sin embargo, se daba culto a los ídolos. Y así, algunos construían con arte nefando imágenes que, por virtud de los demonios, causaban ciertos efectos, lo que les llevaba a pensar que había en ellas poderes divinos y que, según esto, se les debía ofrecer culto divino. Tal fue la opinión de Hermes Trismegisto, como escribe San Agustín en el libro VIII De Civ. Dei. . Otros, en cambio, no daban culto divino a las imágenes, sino a las criaturas por ellas representadas. A uno y otro de estos modos alude el Apóstol en Rom 1,23, pues, sobre el primero, escribe: Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de serpientes. Y, en cuanto al segundo, añade: Adoraron y sirvieron más bien a la criatura que al Creador.
Tres fueron, con todo, las opiniones de estos últimos. Unos creían que ciertos hombres, como Mercurio, Júpiter, etc., habían sido dioses, y les ofrecían culto por medio de sus imágenes. Para otros, el mundo entero era el único Dios, no por razón de su sustancia corpórea, sino por su alma, de la que pensaban que era Dios, diciendo que Dios no es otra cosa que el alma que gobierna mediante su movimiento y su razón al mundo, del mismo modo que al hombre lo llamamos sabio no por su cuerpo, sino por su alma. Según esto, eran del parecer de que a todo el mundo y a cada una de sus partes, o sea, al cielo, al aire, al agua y a los demás elementos de esta clase, había que darles culto divino. Los nombres e imágenes de sus dioses, como decía Varrón y narra San Agustín (VII De Civ. Dei ), se referían a estas cosas. Los terceros, por último, o sea los platónicos, daban por sentado que existía un Dios único y supremo, causa de todas las cosas. Después de El, suponían que había algunas otras sustancias espirituales creadas por el Dios supremo, a las que llamaban dioses, por participar de su divinidad. A éstas nosotros les damos el nombre de ángeles. En pos de ellas colocaban las almas de los cuerpos celestes y, a un nivel más bajo, los demonios, de los que decían que eran seres animados aéreos. Todavía más abajo quedaban, según su parecer, las almas de los hombres, acerca de las cuales tenían la creencia de que por el mérito de su virtud eran admitidas en la sociedad de los dioses o de los demonios. A todos estos seres, según San Agustín en el libro XVIII De Civ. Dei, les daban culto divino.
Decían que estas dos últimas opiniones pertenecían a la teología física, es decir, a la que los filósofos descubrían en el mundo y enseñaban en las escuelas. De otra, de la que se refería al culto de los hombres, afirmaban que pertenecía a la teología mitológica, teología que se representaba en los teatros, basándose en las invenciones fantásticas de los poetas. Finalmente, de la otra opinión acerca de las imágenes decían que formaba parte de la teología civil, que era la que los pontífices celebraban en los templos.
Todo esto pertenecía a la superstición idolátrica. Por eso dice San Agustín en el libro II De Doct. Christ. : Es supersticioso todo lo establecido por los hombres para fabricar y dar culto a los ídolos o para honrar como a Dios a las criaturas o a una parte de ellas.
Mas este culto, lo mismo que se tributaba a criaturas insensibles, valiéndose de ciertos signos sensibles, como sacrificios, juegos y cosas por el estilo, se les daba de igual modo a criaturas representadas en alguna forma o figura sensible, conocidas por el nombre de ídolos. De diversos modos, sin embargo, se daba culto a los ídolos. Y así, algunos construían con arte nefando imágenes que, por virtud de los demonios, causaban ciertos efectos, lo que les llevaba a pensar que había en ellas poderes divinos y que, según esto, se les debía ofrecer culto divino. Tal fue la opinión de Hermes Trismegisto, como escribe San Agustín en el libro VIII De Civ. Dei. . Otros, en cambio, no daban culto divino a las imágenes, sino a las criaturas por ellas representadas. A uno y otro de estos modos alude el Apóstol en Rom 1,23, pues, sobre el primero, escribe: Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de serpientes. Y, en cuanto al segundo, añade: Adoraron y sirvieron más bien a la criatura que al Creador.
Tres fueron, con todo, las opiniones de estos últimos. Unos creían que ciertos hombres, como Mercurio, Júpiter, etc., habían sido dioses, y les ofrecían culto por medio de sus imágenes. Para otros, el mundo entero era el único Dios, no por razón de su sustancia corpórea, sino por su alma, de la que pensaban que era Dios, diciendo que Dios no es otra cosa que el alma que gobierna mediante su movimiento y su razón al mundo, del mismo modo que al hombre lo llamamos sabio no por su cuerpo, sino por su alma. Según esto, eran del parecer de que a todo el mundo y a cada una de sus partes, o sea, al cielo, al aire, al agua y a los demás elementos de esta clase, había que darles culto divino. Los nombres e imágenes de sus dioses, como decía Varrón y narra San Agustín (VII De Civ. Dei ), se referían a estas cosas. Los terceros, por último, o sea los platónicos, daban por sentado que existía un Dios único y supremo, causa de todas las cosas. Después de El, suponían que había algunas otras sustancias espirituales creadas por el Dios supremo, a las que llamaban dioses, por participar de su divinidad. A éstas nosotros les damos el nombre de ángeles. En pos de ellas colocaban las almas de los cuerpos celestes y, a un nivel más bajo, los demonios, de los que decían que eran seres animados aéreos. Todavía más abajo quedaban, según su parecer, las almas de los hombres, acerca de las cuales tenían la creencia de que por el mérito de su virtud eran admitidas en la sociedad de los dioses o de los demonios. A todos estos seres, según San Agustín en el libro XVIII De Civ. Dei, les daban culto divino.
Decían que estas dos últimas opiniones pertenecían a la teología física, es decir, a la que los filósofos descubrían en el mundo y enseñaban en las escuelas. De otra, de la que se refería al culto de los hombres, afirmaban que pertenecía a la teología mitológica, teología que se representaba en los teatros, basándose en las invenciones fantásticas de los poetas. Finalmente, de la otra opinión acerca de las imágenes decían que formaba parte de la teología civil, que era la que los pontífices celebraban en los templos.
Todo esto pertenecía a la superstición idolátrica. Por eso dice San Agustín en el libro II De Doct. Christ. : Es supersticioso todo lo establecido por los hombres para fabricar y dar culto a los ídolos o para honrar como a Dios a las criaturas o a una parte de ellas.
A las objeciones:
1. Así como la
religión no se identifica con la fe, sino que es una
manifestación de la misma mediante ciertos signos externos, de igual
modo la superstición no es otra cosa que una profesión de infidelidad
por medio del culto externo . Esa pública
profesión es lo que significa el nombre de idolatría, mientras que la
palabra herejía no significa otra cosa que falsa opinión. Por eso, la
herejía constituye una especie de infidelidad, mientras que la
idolatría es una especie de superstición.
2. El nombre de
latría puede tomarse en dos sentidos. Puede significar,
primeramente, los actos humanos destinados al culto divino. Desde este
punto de vista, no varía la significación de la palabra
latría, sea cual fuere el destinatario del culto, porque la
persona o cosa a quien se ofrece no entra según esto en la definición.
La latría, en este sentido, se predica unívocamente, ya se refiera a
la verdadera religión o a la idolatría, lo mismo que la frase
pagar un tributo tiene significado unívoco, sea verdadero sea
falso el rey al que se le paga. En el otro sentido, la palabra latría
se toma como sinónima de religión, y como ésta es una virtud, exige,
por serlo, el que el culto divino se tribute a quien se debe. De ahí
el que la palabra latría resulte equívoca cuando se aplica
indistintamente a la verdadera religión y al culto de los ídolos, así
como lo es la palabra prudencia cuando se aplica a la prudencia virtud
y a la prudencia de la carne.
3. El Apóstol sabe muy bien
que esas imágenes, a las que llamaban ídolos, no eran nada en el
mundo, porque eran seres inanimados y no estaban dotados de poder
divino alguno, como opinaba Hermes, convencido, al
parecer, de que se trataba de compuestos de espíritu y cuerpo. De la
misma manera, se ha de entender que lo inmolado a los ídolos no es
nada, porque por tal inmolación las carnes inmoladas ni adquirían
carácter sagrado alguno, como creían los gentiles, ni impureza de
ninguna clase, como pensaban los judíos.
¿La idolatría es pecado?
1. Ninguna de las cosas de que la verdadera fe se sirve para el culto
de Dios es pecado. Pero la verdadera fe se sirve de ciertas imágenes
para dar culto a Dios, pues no sólo en el tabernáculo, como nos consta
por lo que leemos en Ex 25,28ss, había imágenes de querubines, sino
que también en la Iglesia hay imágenes expuestas a la adoración de los
fieles. Luego la idolatría, por la que se da culto a los ídolos, no es
pecado.
2. a todo superior se le debe mostrar respeto. Pero los
ángeles y las almas de los santos son superiores a nosotros. Luego, en
el caso de que les mostremos respeto por medio de actos de culto
sacrificial u otros semejantes, eso no será pecado.
3. el Dios sumo debe ser honrado con el culto interior
de nuestra mente, según aquello de Jn 4,24: Es necesario adorar a
Dios en espíritu y en verdad; y las palabras de San Agustín en su
Enchirid., donde dice que a Dios se le da
culto con la fe, la esperanza y la caridad. Pero puede suceder que
alguien adore exteriormente a los ídolos sin apostatar interiormente,
a pesar de ello, de la verdadera fe. Luego parece que, sin menoscabo
del culto divino, se puede dar culto exteriormente a los
ídolos.
Contra esto: están estas palabras del Ex 20,5: No los adorarás,
que se refieren a los actos exteriores; y estas otras: Ni les
darás culto, que se refieren al culto interior,
conforme expone la Glosa al
hablar de las esculturas e imágenes. Luego es pecado dar culto
interior o exteriormente a los ídolos.
Respondo: Al tratar de resolver este problema
incurrieron algunos en dos errores. Los unos, porque
pensaron que ofrecer sacrificios y otras cosas propias del culto
latréutico no sólo es algo obligatorio y bueno de suyo tratándose del
soberano Dios, sino también cuando así se honra a los otros seres que
antes mencionamos (a.1); y la razón de esto es que, según ellos, toda
naturaleza superior tiene derecho a que se le rindan honores divinos
en razón de su mayor proximidad a Dios. Pero no es razonable hablar
así, porque, aunque es verdad que debemos reverencia a todos los
superiores, no a todos se la debemos por igual, sino que Dios, el ser
supremo, que aventaja por su excelencia singular a todos, tiene
derecho a una reverencia especial, y ésta es la que constituye el
culto de latría. Tampoco puede decirse, como creyeron
algunos, que los sacrificios visibles son lo más
indicado para los otros dioses, mientras que al verdadero Dios, al Ser
Supremo, debido a su mayor perfección, conviene reservarle lo mejor,
es decir, los actos de acatamiento de una mente pura; porque, como
dice San Agustín en el libro X De Civ. Dei, los
sacrificios exteriores son signos evocadores de las cosas. Y así, lo
mismo que en la oración y la alabanza dirigimos nuestras palabras a
aquel a quien ofrecemos en nuestro corazón las mismas cosas que con
tales signos expresamos, asi también, cuando sacrificamos, hemos de
saber que no debemos ofrecer el sacrificio a ningún otro sino a aquel
cuyo sacrificio invisible, en el fondo del corazón, debemos ser
nosotros mismos.
Otros, en cambio, pensaban que el culto exterior de latría no se debe ofrecer a los ídolos como algo bueno y conveniente, sino para obrar en consonancia con las costumbres del vulgo, según las palabras que San Agustín, en el libro VI De Civ. Dei, pone en boca de Séneca : De tal forma debemos adorar, dice, que pensemos que este culto tiene bastante más que ver con los usos y costumbres que con la realidad de las cosas. Y en el libro De Vera Religione nos dice el mismo santo que no se debe preguntar sobre religión a los filósofos que participan en los mismos sacrificios con las gentes del pueblo, y disputaban, por otra parte, en las escuelas sobre la naturaleza de sus dioses y acerca del sumo bien, sosteniendo opiniones diversas y contrarias. Incurrieron también en este error ciertos herejes, al afirmar que ningún pecado cometía quien, apresado en tiempos de persecución, adoraba exteriormente a los ídolos, manteniendo, a pesar de ello, intacta la fe en su interior . Pero esto es evidentemente falso; pues, por el mismo hecho de que el culto externo es signo del culto interior, así como hay pecado de mentira cuando se asegura exteriormente con palabras lo contrario de lo que uno cree por la verdadera fe en su corazón, hay igualmente perniciosa falsedad si se da culto exterior a alguien contra lo que uno piensa en su espíritu. Por eso dice San Agustín contra Séneca, en el libro VI De Civ. Dei, que daba culto a los ídolos de una forma tanto más reprensible cuanto que con su simulación inducía al pueblo a que creyese que obraba con sinceridad.
Otros, en cambio, pensaban que el culto exterior de latría no se debe ofrecer a los ídolos como algo bueno y conveniente, sino para obrar en consonancia con las costumbres del vulgo, según las palabras que San Agustín, en el libro VI De Civ. Dei, pone en boca de Séneca : De tal forma debemos adorar, dice, que pensemos que este culto tiene bastante más que ver con los usos y costumbres que con la realidad de las cosas. Y en el libro De Vera Religione nos dice el mismo santo que no se debe preguntar sobre religión a los filósofos que participan en los mismos sacrificios con las gentes del pueblo, y disputaban, por otra parte, en las escuelas sobre la naturaleza de sus dioses y acerca del sumo bien, sosteniendo opiniones diversas y contrarias. Incurrieron también en este error ciertos herejes, al afirmar que ningún pecado cometía quien, apresado en tiempos de persecución, adoraba exteriormente a los ídolos, manteniendo, a pesar de ello, intacta la fe en su interior . Pero esto es evidentemente falso; pues, por el mismo hecho de que el culto externo es signo del culto interior, así como hay pecado de mentira cuando se asegura exteriormente con palabras lo contrario de lo que uno cree por la verdadera fe en su corazón, hay igualmente perniciosa falsedad si se da culto exterior a alguien contra lo que uno piensa en su espíritu. Por eso dice San Agustín contra Séneca, en el libro VI De Civ. Dei, que daba culto a los ídolos de una forma tanto más reprensible cuanto que con su simulación inducía al pueblo a que creyese que obraba con sinceridad.
A las objeciones:
1. No se exponen las imágenes
en el tabernáculo de la antigua ley o en el templo, ni actualmente en
las iglesias, para que se les rinda culto de latría, sino como
representaciones destinadas a imprimir y confirmar en la mente de los
hombres la fe en la excelencia de los ángeles y de los santos. Lo
contrario ocurre con la imagen de Cristo, a quien, por razón de su
divinidad, se le debe culto de latría, como se verá en la Tercera
Parte (q.25 a.3).
¿Es la idolatría el más grave de los pecados?
1. Porque, conforme a lo dicho en el libro VIII
Ethicorum, lo peor se opone a lo mejor.
Pero el culto interior, que consiste en la fe, esperanza y caridad, es
mejor que el exterior. Luego la infidelidad, la desesperación y el
odio a Dios, que se oponen al culto interior, son pecados más graves
que la idolatría, que se opone al exterior.
2. un pecado es tanto más grave cuanto más directamente
atenta contra Dios. Pero, según parece, se obra más directamente
contra Dios blasfemando o impugnando la fe que tributando a otros
seres el culto debido a Dios, que es lo propio de la idolatría. Luego
la blasfemia y la impugnación de la fe son pecados más graves que la
idolatría.
3. Por otra parte, un mal menor, según parece, se castiga con un mal
mayor. Pero se castigó el pecado de idolatría con el pecado contra
naturaleza, como se nos dice en Rom 1,23 ss. Luego el pecado contra
naturaleza es más grave que el pecado de idolatría.
4. Además, San Agustín dice, en el libro XX Contra
Faust. : No os llamamos a los maniqueos paganos
ni tampoco secta de paganos. Lo que sí decimos es que tenéis con ellos
cierta semejanza por el hecho de adorar a muchos dioses. Y la verdad
es que sois mucho peores que ellos, porque ellos dan culto a seres
que, aunque no deben ser honrados como dioses, son reales; vosotros,
en cambio, veneráis lo que en modo alguno existe. Luego el vicio
de la depravación herética es más grave que la idolatría.
5. sobre aquel texto de Gál 4,9: ¿ Cómo es que de
nuevo volvéis a los flacos y pobres elementos?, dice la
Glosa de San Jerónimo: La observancia de la
ley, a la que entonces se habían entregado, era un pecado casi tan
grave como el servicio a los ídolos de antes de su conversión.
Luego el pecado de idolatría no es el más grave.
Contra esto: está lo que, a propósito de lo que se dice en Lev 15 sobre
la impureza de la mujer que padece flujo de sangre, leemos en la
Glosa : Todo pecado es impureza del alma; pero
más que ningún otro, el de idolatría.
Respondo: Que la gravedad de un pecado puede
examinarse desde dos vertientes. En primer lugar, por parte del pecado
en sí mismo, y en este sentido, el pecado de idolatría es el más
grave; pues así como en los reinos de este mundo no hay, según parece,
injuria mayor que el que se tribute a otro el honor debido al
verdadero rey, por cuanto una cosa así perturba de suyo por completo
el orden del estado, de igual modo en los pecados que se cometen
contra Dios —que son los mayores-parece que el más grave entre todos
consiste en que alguien otorgue a una criatura el honor debido a Dios.
El que esto hace, en lo que está de su parte, introduce un nuevo dios
en el mundo con menoscabo de la autoridad divina.
En segundo lugar, se puede considerar también la gravedad del pecado por parte del pecador, y en este sentido decimos que es más grave el que se comete a sabiendas que el de quien peca por ignorancia. Según esto, no hay inconveniente alguno en admitir que pecan más gravemente los herejes que, conscientes de lo que hacen, adulteran la fe que recibieron que los idólatras que pecan por ignorancia. Asimismo, algunos otros pecados pueden ser más graves por el mayor desprecio con que se cometen.
En segundo lugar, se puede considerar también la gravedad del pecado por parte del pecador, y en este sentido decimos que es más grave el que se comete a sabiendas que el de quien peca por ignorancia. Según esto, no hay inconveniente alguno en admitir que pecan más gravemente los herejes que, conscientes de lo que hacen, adulteran la fe que recibieron que los idólatras que pecan por ignorancia. Asimismo, algunos otros pecados pueden ser más graves por el mayor desprecio con que se cometen.
A las objeciones:
1. La idolatría presupone
infidelidad interior, a la que añade exteriormente el culto indebido.
Pero incluso en el supuesto de que se tratara sólo de idolatría
exterior, sin que interiormente fuese acompañada de infidelidad, se
incurriría con todo en culpa de falsedad, como antes se dijo
(a.2).
2. La idolatría lleva
implícita una grave blasfemia, en cuanto que sustrae a Dios la
singularidad de su soberanía. En la práctica es también impugnación de
la fe.
3. Por ser esencial a la pena
el que vaya en contra de la voluntad, el pecado con que se castiga
otro pecado debe ser más ignominioso, a fin de que el pecador se
aborrezca a sí mismo y se haga aborrecible para los demás; pero no es
necesario que sea más grave. Según esto, el pecado contra naturaleza
no es tan grave como el pecado de idolatría; pero por ser más
vergonzoso, se lo impone como castigo conveniente del pecado de
idolatría, con el fin, sin duda, de que así como por la idolatría se
perturba el orden del culto divino, de igual modo, por el pecado
contra naturaleza, se padezca en las propias tendencias naturales una
perversidad humillante.
4. La herejía de los
maniqueos, por razón incluso del género de pecado, es más grave que el
pecado de otros idólatras, ya que deroga en mayor grado el honor
divino al dar por hecho que existen dos dioses contrarios y al crear
con el pensamiento, fantaseando, multitud de fábulas vanas acerca de
Dios. Es muy distinto el caso de otros herejes que reconocen y adoran
a un solo Dios.
¿Era el propio hombre la causa de la idolatría?
1. Porque en el hombre no hay otra cosa que naturaleza, virtud o
culpa. Pero la causa de la idolatría no puede ser la naturaleza
humana. Antes, por el contrario, lo que la razón natural dicta es que
existe un solo Dios y que no hemos de dar culto divino a los muertos
ni a seres inanimados. Tampoco tiene su causa en el hombre por parte
de la virtud, porque el árbol bueno no puede dar frutos malos
(Mt 7,18), ni por parte de la culpa, porque, como leemos (Sab 14,27):
El culto de los ídolos abominables es causa, principio y fin de
todo mal. Luego la causa de la idolatría no es el
hombre.
2. todo lo que es efecto de la acción del hombre se da
siempre donde hay hombres. Pero la idolatría no existió siempre, sino
que, según se dice, apareció en la segunda edad del
mundo, o la introdujo Nenrod, quien se dice que obligaba a los hombres
a adorar al fuego; o Niño, que hizo dar culto a la imagen de su padre
Bel. Entre los griegos, como refiere San Isidoro
, Prometeo fue el primero que modeló en barro estatuas de hombres,
y, por otra parte, los judíos afirman que Ismael fue el primero que
modeló ídolos de arcilla. Nos consta asimismo que la idolatría
desapareció en gran parte en la sexta edad del mundo. Luego la
idolatría no tiene por causa al hombre.
3. San Agustín se expresa en estos términos en el libro
XXI De Civ. Dei : Ni podía saberse al
principio, si ellos (los demonios) no lo hubiesen dado a conocer, qué
es lo que cada uno de ellos apetece, qué es lo que les causa horror,
con qué nombre se los invoca o se los fuerza. De ahí provinieron la
magia y quienes la ejercen. Pero estas reflexiones, según parece,
no son aplicables a la idolatría. Luego la causa de la idolatría no es
el hombre.
Contra esto: está lo que leemos en Sab 14,14: La sinrazón de los
hombres los introdujo (a los ídolos) en el
mundo.
Respondo: Que son dos las causas de la
idolatría. Una, dispositiva; y ésta, sin duda alguna, fue el hombre.
De tres modos: en primer lugar, por el desorden de su afectividad, en
cuanto que, debido a éste, los hombres comenzaron por amar o venerar
con exceso a algún hombre y terminaron dándole honores divinos. Tal es
la causa asignada en Sab 14,15: Un padre, presa de acerbo dolor,
hizo en seguida el retrato del hijo que la muerte le había arrebatado
y, a quien como hombre ya no tenía vida, comenzó a adorarlo como
Dios. Y allí mismo (v.21) se añade que los hombres,
esclavizándose por servilismo a sus pasiones o a los reyes, impusieron
el nombre incomunicable (propio de la divinidad) a los leños y
a las piedras.
En segundo lugar, porque los hombres, según afirma el Filósofo, sienten naturalmente placer ante la representación o figura de las cosas. Por eso, en su rudeza primitiva, viendo las expresivas imágenes de seres humanos, obra de la habilidad de los artistas, las adoraron como dioses. De ahí lo que leemos en Sab 13,11-13: Corta, experto leñador, un tronco manejable /; con su arte le da una figura, semejanza de hombre /, y luego le ofrece oraciones por su hacienda, por sus mujeres y sus hijos.
En tercer lugar, por desconocimiento del Dios verdadero, en cuya excelencia no pensaron, dieron culto divino, seducidos por su belleza o poder, a algunas criaturas. De ahí lo que se dice en Sab 13,1: Ni por la consideración de sus obras fueron capaces de conocer a su autor. Por el contrarío, tomaron por dioses, rectores del universo, al fuego, al vendaval, al movimiento circular de los astros, a las trombas de agua, al sol o a la luna.
La otra causa de la idolatría fue consumativa. Fueron los mismos demonios, que en los ídolos se mostraron como dignos de culto a los hombres ignorantes, respondiendo a sus preguntas y realizando obras que a ellos les parecían milagrosas. Por eso se dice en el salmo 95,5: Todos los dioses de los gentiles son demonios.
En segundo lugar, porque los hombres, según afirma el Filósofo, sienten naturalmente placer ante la representación o figura de las cosas. Por eso, en su rudeza primitiva, viendo las expresivas imágenes de seres humanos, obra de la habilidad de los artistas, las adoraron como dioses. De ahí lo que leemos en Sab 13,11-13: Corta, experto leñador, un tronco manejable /; con su arte le da una figura, semejanza de hombre /, y luego le ofrece oraciones por su hacienda, por sus mujeres y sus hijos.
En tercer lugar, por desconocimiento del Dios verdadero, en cuya excelencia no pensaron, dieron culto divino, seducidos por su belleza o poder, a algunas criaturas. De ahí lo que se dice en Sab 13,1: Ni por la consideración de sus obras fueron capaces de conocer a su autor. Por el contrarío, tomaron por dioses, rectores del universo, al fuego, al vendaval, al movimiento circular de los astros, a las trombas de agua, al sol o a la luna.
La otra causa de la idolatría fue consumativa. Fueron los mismos demonios, que en los ídolos se mostraron como dignos de culto a los hombres ignorantes, respondiendo a sus preguntas y realizando obras que a ellos les parecían milagrosas. Por eso se dice en el salmo 95,5: Todos los dioses de los gentiles son demonios.
A las objeciones:
1. La causa dispositiva de la
idolatría por parte del hombre es su imperfección natural, efecto de
la ignorancia de su entendimiento o del desorden de sus afectos, como
acabamos de exponer; y que tiene también mucho que ver con la
culpa. Dícese, por otra parte, que la idolatría es causa,
principio y fin de todo pecado, porque no hay género alguno de
pecado que ella en algunos casos no produzca: o induciendo
expresamente a cometerlos, como causa; o poniendo al alcance de la
mano la ocasión, a modo de principio; o actuando a modo de fin, en
cuanto que había algunos pecados que se perpetraban para dar culto a
los ídolos, como, por ejemplo, los sacrificios humanos, la mutilación
de miembros y otras cosas por el estilo. Y, no obstante, hay pecados
que pueden preceder a la idolatría. Son los que disponen al hombre
para ella.
2. En la primera edad no hubo
idolatría por el recuerdo reciente de la creación del mundo, que hacía
que aún mantuviese su fuerza entre los hombres el conocimiento del
único Dios. Asimismo, en la sexta edad, la idolatría desaparece por la
doctrina y el poder de Cristo, que triunfó sobre el
diablo.




