CUESTIÓN 75
Ahora nos corresponde estudiar la conversión del pan y del vino en el
cuerpo y en la sangre de Cristo.
Esta cuestión plantea y exige respuesta a ocho problemas:
Esta cuestión plantea y exige respuesta a ocho problemas:
- En este sacramento, ¿está el cuerpo de Cristo en verdad, sólo en figura o como signo?
- ¿Permanece la sustancia del pan y del vino en este sacramento después de la consagración?
- ¿Se aniquila?
- ¿Se convierte en el cuerpo y en la sangre de Cristo?
- ¿Permanecen los accidentes después de la conversión?
- ¿Permanece la forma sustancial?
- ¿Es instantánea esta conversión?
- ¿Es verdadera la fórmula del pan se hace el cuerpo de Cristo?
Objeciones por las que parece que en este sacramento no está el
cuerpo de Cristo en realidad, sino sólo en figura o como
signo.
1. Se dice en Jn 6,54.61.64 que cuando el Señor dijo: Si no
comiereis la carne del hijo del hombre y no bebiereis su sangre, etc.,
muchos de sus discípulos al oírlo dijeron: Duro es este lenguaje,
a quienes él respondió: El Espíritu es lo que vivifica, la carne no
sirve para nada. Como si dijera, según la explicación de San
Agustín Super Quartum Psalmus: Entended en sentido espiritual lo
que os he dicho, pues no tendréis que comer este cuerpo que veis, ni
tendréis que beber la sangre que me harán derramar los que me
crucifiquen. Os he comunicado un misterio. Entendido espiritualmente
os vivificará. Pero la carne no sirve para nada.
2. Aún más: el Señor dice en Mt 28,20: He aquí que yo estoy
con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo. Y San
Agustín lo explica así : Hasta que el mundo se acabe
el Señor está en el cielo. Sin embargo, también aquí está con nosotros
la verdad del Señor. Porque el cuerpo con que resucitó no puede estar
más que en un solo lugar. Pero su verdad en todas partes se
encuentra. Luego el cuerpo de Cristo no se encuentra en este
sacramento en su realidad, sino sólo como signo.
3. Ningún cuerpo puede estar a la vez en varios lugares,
ya que ni siquiera un ángel puede hacerlo. Y si pudiera, podría estar
también en todas partes. Pero el cuerpo de Cristo es verdadero cuerpo,
y está en el cielo. Luego parece que no está en su realidad en el
sacramento del altar, sino solamente como en signo.
4. Los sacramentos de la Iglesia están destinados a la
utilidad de los fieles. Pero según San Gregorio en una
Homilía, el régulo fue reprendido por
reclamar la presencia corporal de Cristo. Además, el apego que los
apóstoles tenían a su presencia corporal impedía que recibiesen el
Espíritu Santo, como dice San Agustín comentando aquello
de Jn 16,7: Si no me marcho no vendrá a vosotros el Paráclito.
Luego Cristo no está en el sacramento del altar con presencia
corporal.
Contra esto: dice San Hilario en el VIII De Trin.
: No hay lugar a dudas sobre la realidad de la carne y de la sangre
de Cristo. Nuestro Señor enseña y nuestra fe acepta que ahora su carne
es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida. Y San
Ambrosio en el VI De Sacramentes afirma: Como
el Señor Jesucristo es verdadero Hijo de Dios, así es verdadera carne
de Cristo la que nosotros recibimos y es verdadera su
sangre.
Respondo: Que en este sacramento está el
verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los
sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina. Por lo
que acerca de las palabras de Lc 22,19: Esto es mi cuerpo que se
entrega por vosotros, dice San Cirilo : No dudes
de que esto sea verdad, sino recibe con fe las palabras del Salvador,
ya que, siendo la verdad, no miente.
Ahora bien, esta presencia se ajusta, en primer lugar, a la perfección de la ley nueva. Porque los sacrificios de la antigua ley contenían ese verdadero sacrificio de la pasión de Cristo solamente en figura, de acuerdo con lo que se dice en Heb 10,1: La ley tiene la sombra de los bienes futuros, y no la forma de la misma realidad. Era justo, por tanto, que el sacrificio de la nueva ley, instituido por Cristo, tuviese algo más, o sea, que contuviese al mismo Cristo crucificado, no solamente significado o en figura, sino también en su realidad. Y, por eso, este sacramento que contiene realmente al mismo Cristo, como dice Dionisio en III De Eccl. Hier. , es perfectivo de todos los sacramentos, que solamente contienen la virtud de Cristo.
Segundo, esta presencia se ajusta a la caridad de Cristo, por la que asumió un cuerpo real de la misma naturaleza que la nuestra para nuestra salvación. Y, porque es connatural a la amistad compartir la vida con los amigos, como dice el Filósofo en IX Ethic., Cristo nos ha prometido su presencia corporal, como premio, en el texto de Mt 24,28: donde está el cuerpo allí se reúnen las águilas. Mientras tanto, sin embargo, no ha querido privarnos de su presencia corporal en el tiempo de la peregrinación, sino que nos une con él en este sacramento por la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por eso dice en Jn 6,57: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Por tanto, este sacramento es signo de la más grande caridad y aliento de nuestra esperanza, por la unión tan familiar de Cristo con nosotros.
Tercero, esta presencia se ajusta a la perfección de la fe, que tiene por objeto tanto la divinidad de Cristo como la humanidad, según las palabras de Jn 14,11: Creed en Dios y creed en mí. Y, puesto que la fe es acerca de las cosas invisibles, de la misma manera que Cristo nos propone su divinidad invisible, así en este sacramento nos propone su carne de modo invisible.
Y, por no considerar estas razones, algunos sostuvieron la opinión de que el cuerpo y la sangre de Cristo no están en este sacramento más que como signo. Pero ha de ser rechazada esta opinión como herética por ser contraria a las palabras de Cristo. De ahí que Berengario, primer inventor de este error, fuese obligado a retractarse después, y confesase la verdad de la fe .
Ahora bien, esta presencia se ajusta, en primer lugar, a la perfección de la ley nueva. Porque los sacrificios de la antigua ley contenían ese verdadero sacrificio de la pasión de Cristo solamente en figura, de acuerdo con lo que se dice en Heb 10,1: La ley tiene la sombra de los bienes futuros, y no la forma de la misma realidad. Era justo, por tanto, que el sacrificio de la nueva ley, instituido por Cristo, tuviese algo más, o sea, que contuviese al mismo Cristo crucificado, no solamente significado o en figura, sino también en su realidad. Y, por eso, este sacramento que contiene realmente al mismo Cristo, como dice Dionisio en III De Eccl. Hier. , es perfectivo de todos los sacramentos, que solamente contienen la virtud de Cristo.
Segundo, esta presencia se ajusta a la caridad de Cristo, por la que asumió un cuerpo real de la misma naturaleza que la nuestra para nuestra salvación. Y, porque es connatural a la amistad compartir la vida con los amigos, como dice el Filósofo en IX Ethic., Cristo nos ha prometido su presencia corporal, como premio, en el texto de Mt 24,28: donde está el cuerpo allí se reúnen las águilas. Mientras tanto, sin embargo, no ha querido privarnos de su presencia corporal en el tiempo de la peregrinación, sino que nos une con él en este sacramento por la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por eso dice en Jn 6,57: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Por tanto, este sacramento es signo de la más grande caridad y aliento de nuestra esperanza, por la unión tan familiar de Cristo con nosotros.
Tercero, esta presencia se ajusta a la perfección de la fe, que tiene por objeto tanto la divinidad de Cristo como la humanidad, según las palabras de Jn 14,11: Creed en Dios y creed en mí. Y, puesto que la fe es acerca de las cosas invisibles, de la misma manera que Cristo nos propone su divinidad invisible, así en este sacramento nos propone su carne de modo invisible.
Y, por no considerar estas razones, algunos sostuvieron la opinión de que el cuerpo y la sangre de Cristo no están en este sacramento más que como signo. Pero ha de ser rechazada esta opinión como herética por ser contraria a las palabras de Cristo. De ahí que Berengario, primer inventor de este error, fuese obligado a retractarse después, y confesase la verdad de la fe .
A las objeciones:
1. Los herejes que acabamos de
mencionar han tomado ocasión para su error de la autoridad de San
Agustín, interpretando mal sus palabras. Porque, cuando dice San
Agustín: No tendréis que comer este cuerpo que veis, no
pretende excluir la realidad del cuerpo de Cristo, sino solamente
afirmar que no le habían de comer en la misma forma en que ellos le
veían. Cuando dice: Os he comunicado un misterio. Entendido
espiritualmente, os vivificará, no pretende decir que el cuerpo de
Cristo está en este sacramento en sentido místico solamente, sino que
está espiritualmente, o sea, invisiblemente y con las propiedades del
espíritu. Por eso en Super lo., explicando las
palabras: la carne no sirve para nada, afirma: del modo que
ellos lo entendieron. Porque ellos entendieron que habían de comer su
carne como se desgarra a trozos de un cadáver o como se vende en la carnicería, y no como animada por el espíritu. Que descienda
el espíritu sobre la carne y servirá para mucho. Porque si la carne no
sirve para nada, el Verbo no se hubiese hecho carne para habitar entre
nosotros.
2. A la segunda hay que decir: Las palabras de San Agustín y
otras semejantes han de entenderse del cuerpo de Cristo físicamente
visible, del modo que el mismo Señor dice en Mt 26,12: A mí no
siempre me tendréis. Invisiblemente, sin embargo, bajo los
elementos de este sacramento, está donde quiera que se realice este
sacramento.
3. El cuerpo de Cristo no está en
este sacramento como un cuerpo está en un lugar con el que coinciden
todas sus dimensiones, sino del modo especial y propio de este
sacramento. De ahí que digamos que el cuerpo de Cristo está en
diversos altares, no como distintos lugares, sino como está en el
sacramento. Lo cual no quiere decir que Cristo esté allí solamente
como signo, aunque el sacramento pertenezca a la categoría de los
signos, sino que entendemos que el cuerpo de Cristo está ahí, como ya
se ha dicho, del modo propio y peculiar de este sacramento.
4. La objeción es válida si se
refiere a la presencia del cuerpo de Cristo físicamente entendida, o
sea, en su semblanza visible, pero no si se refiere a la presencia
espiritual, o sea, invisible, según el modo y las propiedades del
espíritu. Por lo que San Agustín dice en Super lo. : Si has entendido espiritualmente las palabras de Cristo sobre su carne, serán para ti espíritu y vida. Si las has entendido carnalmente, también son espíritu y vida, pero no lo son para ti.
Objeciones por las que parece que la sustancia del pan y del vino
permanece en este sacramento después de la consagración.
1. Dice San Juan Damasceno en el libro IV : Puesto
que es costumbre entre los hombres comer pan y beber vino, unió Dios a
estas cosas la divinidad y las ha hecho su cuerpo y su sangre. Y
más abajo: El pan de la comunión no es un simple pan sino un pan
unido a la divinidad. Ahora bien, la unión tiene lugar entre cosas
que simultáneamente existen. Luego en este sacramento el pan y el vino
coexisten con el cuerpo y la sangre de Cristo.
2. entre los sacramentos de la Iglesia debe haber
uniformidad. Ahora bien, en los otros sacramentos permanece la
sustancia de cada materia: en el bautismo, por ej., permanece la
sustancia del agua, y en la confirmación, la del crisma. Luego en este
sacramento permanece también la sustancia del pan y del
vino.
3. el pan y el vino en este sacramento se emplean como
signo de la unidad de la Iglesia, ya que, como dice San Agustín en su
libro De Symbolo, un pan se hace de muchos
granos, y un vino, de muchos racimos. Pero la sustancia del pan y del
vino se requieren para este significado de unidad. Luego la sustancia
del pan y del vino permanecen en este sacramento.
Contra esto: dice San Ambrosio en el libro De Sacramentis : Aunque lo que se ve es la forma externa de pan y de vino, hemos de creer, sin embargo, que después de la consagración, lo único que hay es la carne y la sangre de Cristo.
Respondo: Algunos sostuvieron
que en este sacramento permanece la sustancia del pan
y del vino después de la consagración. Pero esta opinión no se puede
sustentar. Primero, porque esta opinión hace desaparecer la verdad de
este sacramento, según la cual el verdadero cuerpo de Cristo está
presente en la eucaristía. Pero no está en ella antes de la
consagración. Y una cosa no se hace presente donde no estaba antes más
que por cambio de lugar o porque otra cosa se convierte en ella, como
es el caso, por ejemplo, del fuego, que comienza en una casa porque lo
llevan allí o porque se produce allí. Por supuesto que el cuerpo de
Cristo no comienza a estar en este sacramento por cambio de lugar. En
primer lugar, porque de ahí se seguiría que dejaría de estar en el
cielo, ya que lo que se mueve localmente no se hace presente en un
lugar sin abandonar el que ocupaba. En segundo lugar, porque todo
cuerpo que se mueve localmente tiene que pasar por los lugares
intermedios. Cosa que aquí no se puede afirmar. En tercer lugar,
porque es imposible que un movimiento, ejercido sobre un cuerpo que se
mueve localmente, tenga como punto de llegada simultáneamente diversos
lugares, ya que el cuerpo de Cristo comienza a estar en varios lugares
al mismo tiempo bajo este sacramento. Por tanto, no queda más solución
que la de que el cuerpo de Cristo no puede hacerse presente en el
sacramento más que por conversión de la sustancia del pan y del vino
en él. Ahora bien, lo que se convierte en otra cosa, una vez que se
hace la conversión, ya no permanece. Por consiguiente, para salvar la
verdad de este sacramento, no queda más que afirmar que la sustancia
del pan, después de la consagración, no puede permanecer.
Segundo, porque esta opinión está en contradicción con la forma de este sacramento, en la que se dice: Esto es mi cuerpo. Lo cual no será cierto si la sustancia del pan permanece allí, ya que la sustancia del pan nunca es el cuerpo de Cristo, en cuyo caso habría que decir: Aquí está mi cuerpo.
Tercero, porque esta opinión sería incompatible con el culto tributado a este sacramento, en el caso de que hubiese en él una sustancia que no pudiese ser adorada con adoración de latría.
Cuarto, porque esta opinión sería contraria a la prescripción de la Iglesia según la cual no se permite recibir el cuerpo de Cristo después de haber ingerido alimento sólido, mientras que después de asumir una hostia consagrada se puede asumir otra.
Por consiguiente, hay que rechazar esta opinión como herética.
Segundo, porque esta opinión está en contradicción con la forma de este sacramento, en la que se dice: Esto es mi cuerpo. Lo cual no será cierto si la sustancia del pan permanece allí, ya que la sustancia del pan nunca es el cuerpo de Cristo, en cuyo caso habría que decir: Aquí está mi cuerpo.
Tercero, porque esta opinión sería incompatible con el culto tributado a este sacramento, en el caso de que hubiese en él una sustancia que no pudiese ser adorada con adoración de latría.
Cuarto, porque esta opinión sería contraria a la prescripción de la Iglesia según la cual no se permite recibir el cuerpo de Cristo después de haber ingerido alimento sólido, mientras que después de asumir una hostia consagrada se puede asumir otra.
Por consiguiente, hay que rechazar esta opinión como herética.
A las objeciones:
1. Dios ha unido su
divinidad, o sea, su poder divino, al pan y al vino, no para que
permanezcan en este sacramento, sino para hacer de ellos su cuerpo y
su sangre.
2. En los otros sacramentos no
está Cristo realmente, como en éste. Por lo que en los otros
sacramentos permanece la sustancia de la correspondiente materia. Pero
en éste no.
La sustancia del pan después de la consagración, ¿es aniquilada o
queda reducida a la materia primitiva?
Objeciones por las que parece que la sustancia del pan, después de la
consagración, es aniquilada o queda reducida a la materia
primitiva.
1. Lo que es corporal tiene que ocupar algún lugar. Pero la sustancia
del pan, que es corporal, no permanece en este sacramento, como se
acaba de decir (a.2), ni tampoco se le puede señalar el lugar en que
se encuentre. Luego después de la consagración no es nada. Por tanto,
es aniquilada o queda reducida a la materia primitiva.
2. en cualquier mutación el punto de partida no permanece si
no es en la potencia de la materia, como es el caso, por ej., del
aire, que cuando se convierte en fuego, la forma de aire no permanece
más que en la potencia de la materia. Y lo mismo se diga cuando lo
blanco se convierte en negro. Ahora bien, en este sacramento la
sustancia del pan y del vino es como el punto de partida, mientras que
el cuerpo y la sangre de Cristo son como el punto de llegada. Dice, en
efecto, San Ambrosio en su libro De oficüsTM: Antes de la
consagración recibe el nombre de otra cosa, después de la consagración
está significando el cuerpo. Por tanto, una vez hecha la
consagración, la sustancia del pan y del vino no permanece más que
reducida a su propia materia.
3. de dos proposiciones contradictorias una tiene que ser
verdadera. Pero ésta es falsa: Después de la consagración la
sustancia delpan y del vino es algo. Luego esta otra es
verdadera: La sustancia del pan y del vino es nada.
Contra esto: dice San Agustín en su libro Octonnta trium
Ouaestionum : Dios no es causa O e £de la
tendencia al no ser. Pero es el poder divino el que realiza este
sacramento. Luego en este sacramento no se aniquila la sustancia del
pan y del vino.
Respondo: Puesto que la sustancia del pan y del
vino no permanecen en este sacramento, algunos teniendo
por imposible que se convierta en el cuerpo y en la sangre de Cristo,
opinaron que, en virtud de la consagración, la sustancia del pan y del
vino queda reducida a la materia preexistente o es
aniquilada.
Ahora bien, la materia preexistente, a la que los cuerpos compuestos pueden quedar reducidos, son los cuatro elementos. Porque la reducción no se puede hacer a la materia prima, de tal forma que ésta exista sin forma, ya que la materia no puede subsistir sin una forma. Y, como después de la consagración, bajo las especies sacramentales, no queda más que el cuerpo y la sangre, será necesario decir que los elementos, a los que queda reducida la sustancia del pan y del vino, salen de allí con movimiento local. Lo cual sería perceptible por los sentidos. Además, la sustancia del pan y del vino tiene que permanecer hasta el último instante de la consagración. Ahora bien, en el último instante de la consagración ya está allí la sustancia, bien del cuerpo, bien de la sangre de Cristo, como en el último instante de la generación ya está allí la forma engendrada. Luego no hay un instante en que la materia preexistente esté allí. Porque no puede decirse que la sustancia del pan y del vino se va reduciendo poco a poco a la materia preexistente, o que de manera sucesiva vaya saliendo de los respectivos elementos que quedan allí. Porque si esto comenzara a verificarse en el último instante de la consagración, bajo alguna parte de la hostia, estaría al mismo tiempo el cuerpo de Cristo y la sustancia del pan, lo cual es contrario a lo que acabamos de demostrar (a.2). Pero si esa paulatina reducción o salida comenzase a verificarse antes de la consagración, habría que conceder un tiempo en el que, bajo alguna parte de la hostia, no estuviera ni la sustancia del pan ni el cuerpo de Cristo. Lo cual es inaceptable.
Pues bien, parece que estos mismos autores se dieron cuenta de este inconveniente y propusieron el otro término de la alternativa: la aniquilación.
Pero tampoco esta solución es posible. Porque no hay otro modo de que el verdadero cuerpo de Cristo comience a estar en el sacramento que no sea la conversión de la sustancia del pan en él. Y esta conversión no se podrá verificar si se mantiene la aniquilación o la reducción del pan a la materia preexistente. Igualmente, tampoco se podría asignar a esta reducción o aniquilación en este sacramento una causa, ya que el efecto del sacramento queda significado por la forma, y ninguna de estas dos acciones queda significada con las palabras de la forma: Esto es mi cuerpo. Luego queda claro que estas opiniones son falsas.
Ahora bien, la materia preexistente, a la que los cuerpos compuestos pueden quedar reducidos, son los cuatro elementos. Porque la reducción no se puede hacer a la materia prima, de tal forma que ésta exista sin forma, ya que la materia no puede subsistir sin una forma. Y, como después de la consagración, bajo las especies sacramentales, no queda más que el cuerpo y la sangre, será necesario decir que los elementos, a los que queda reducida la sustancia del pan y del vino, salen de allí con movimiento local. Lo cual sería perceptible por los sentidos. Además, la sustancia del pan y del vino tiene que permanecer hasta el último instante de la consagración. Ahora bien, en el último instante de la consagración ya está allí la sustancia, bien del cuerpo, bien de la sangre de Cristo, como en el último instante de la generación ya está allí la forma engendrada. Luego no hay un instante en que la materia preexistente esté allí. Porque no puede decirse que la sustancia del pan y del vino se va reduciendo poco a poco a la materia preexistente, o que de manera sucesiva vaya saliendo de los respectivos elementos que quedan allí. Porque si esto comenzara a verificarse en el último instante de la consagración, bajo alguna parte de la hostia, estaría al mismo tiempo el cuerpo de Cristo y la sustancia del pan, lo cual es contrario a lo que acabamos de demostrar (a.2). Pero si esa paulatina reducción o salida comenzase a verificarse antes de la consagración, habría que conceder un tiempo en el que, bajo alguna parte de la hostia, no estuviera ni la sustancia del pan ni el cuerpo de Cristo. Lo cual es inaceptable.
Pues bien, parece que estos mismos autores se dieron cuenta de este inconveniente y propusieron el otro término de la alternativa: la aniquilación.
Pero tampoco esta solución es posible. Porque no hay otro modo de que el verdadero cuerpo de Cristo comience a estar en el sacramento que no sea la conversión de la sustancia del pan en él. Y esta conversión no se podrá verificar si se mantiene la aniquilación o la reducción del pan a la materia preexistente. Igualmente, tampoco se podría asignar a esta reducción o aniquilación en este sacramento una causa, ya que el efecto del sacramento queda significado por la forma, y ninguna de estas dos acciones queda significada con las palabras de la forma: Esto es mi cuerpo. Luego queda claro que estas opiniones son falsas.
A las objeciones:
1. La sustancia del pan y del vino,
después de la consagración, no permanece ni bajo los elementos
sacramentales ni en ninguna otra parte. Ahora bien, esto no quiere
decir que sea aniquilada, sino que se convierte en el cuerpo y en la
sangre de Cristo. Como tampoco se sigue que el aire,
del que se genera el fuego, si no está aquí o allí, haya sido
aniquilado.
2. La forma que es punto de
partida no se convierte en otra forma, sino que una sucede a la otra
en el mismo sujeto. Por eso, la primera no permanece más que en la
potencia de la materia. Pero aquí la sustancia del pan se convierte en
el cuerpo de Cristo, como se ha dicho (c.; a.2). Luego la comparación
no es válida.
¿Puede el pan convertirse en el cuerpo de Cristo?
1. La conversión es una mutación. Pero toda mutación requiere un
sujeto, que primeramente está en potencia, y después en acto, porque,
como se dice en III Physic., el movimiento
es el acto de un ser en potencia. Ahora bien, no se puede asignar
otro sujeto a la sustancia del pan y del cuerpo de Cristo, ya que es
propio de la sustancia no estar en un sujeto, como se dice
en Praedicamentis . Luego toda la sustancia del
pan se convierte en el cuerpo de Cristo.
2. la forma resultante de una conversión comienza a existir
en la materia que sostenía la forma precedente, como es el caso del
aire que, al convertirse en fuego, fuego que antes no existía, la
forma de fuego comienza a estar en la materia del aire. Igualmente,
cuando el alimento se convierte en hombre, un hombre que antes no
existía, la forma de hombre comienza a estar en la materia del
alimento. Luego si el pan se convierte en el cuerpo de Cristo, es
necesario que la forma del cuerpo de Cristo comience a estar en la
materia del pan, lo cual es falso. Luego el pan no se convierte en la
sustancia del cuerpo de Cristo.
3. cuando dos cosas son radicalmente opuestas, nunca se
transforma una en otra, como por ej., la blancura nunca se transforma
en negritud, sino que el sujeto de la blancura deviene sujeto de la
negritud, como se dice en I Physic. . Ahora
bien, de la misma manera que dos formas contrarias son radicalmente
opuestas, como principios que son de diferencia formal, así dos
materias determinadas son radicalmente opuestas, por ser principios de
diferencia material. Luego es imposible que esta materia determinada
de pan se transforme en otra materia por la que el cuerpo de Cristo es
individuo. Por consiguiente, es imposible que la sustancia de este pan
se convierta en la sustancia del cuerpo de Cristo.
Contra esto: dice Eusebio Emiseno : No tiene que
resultarte extraño ni imposible el hecho de que lo terreno y mortal se
convierta en la sustancia de Cristo.
Respondo: Puesto que, como se ha dicho ya
(a.2), en este sacramento está realmente el cuerpo de Cristo, y no
comienza a estar en él por movimiento local, ya que el cuerpo de
Cristo tampoco está allí localizado, como se deduce de lo dicho (a.l
ad 3), es necesario decir que comienza a estar en el sacramento por
conversión de la sustancia del pan en él.
Esta conversión, sin embargo, no es como las conversiones naturales, sino que es totalmente sobrenatural y realizada por el solo poder de Dios. Por lo que dice San Ambrosio en su libro De Sacramentes : Es claro que la Virgen engendró al margen del orden natural. Y lo que consagramos es el cuerpo nacido de la Virgen. Por consiguiente, ¿a qué buscas orden natural en el cuerpo de Cristo, cuando el mismo Señor Jesús ha nacido de la Virgen al margen del orden natural? Y San Juan Crisóstomo comentando aquello de Jn 6,64: Las palabras que os he dicho, o sea, a propósito de este sacramento, son espíritu y vida, dice: Es decir, son palabras espirituales que nada tienen de carnal, ni siguen un proceso natural, y a que están libres de toda necesidad terrena y de las leyes que rigen aquí abajo.
Es claro, efectivamente, que todo agente actúa en cuanto que él tiene su ser en acto. Pero todo agente creado está determinado en su obrar, ya que él pertenece a un determinado género y a una determinada especie. De ahí que su acción esté también limitada a un determinado acto. Ahora bien, la determinación de una cosa cualquiera en su ser actual es por la forma. Por consiguiente, ningún agente natural o creado tiene un poder superior al de cambiar una forma. Por eso, las conversiones que tienen lugar siguiendo el proceso de la naturaleza son formales. Pero Dios es acto infinito, como se ha demostrado en la Primera Parte (q.7 a.l; q.25 a.2). Luego su acción abarca todos los niveles del ser. Por tanto, no sólo puede producir conversiones formales, por las que diversas formas se suceden en un mismo sujeto, sino que puede producir la conversión de todo el ser por la que toda sustancia de un ser se convierte en toda la sustancia de otro.
Y esto es lo que sucede por el poder divino en este sacramento. Porque toda la sustancia del pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino, en toda la sustancia de la sangre de Cristo. Por donde se ve que esta conversión no es formal, sino sustancial, y no está contenida entre las conversiones que siguen el curso de la naturaleza, por lo que puede decirse que su nombre propio es el de transubstanciación.
Esta conversión, sin embargo, no es como las conversiones naturales, sino que es totalmente sobrenatural y realizada por el solo poder de Dios. Por lo que dice San Ambrosio en su libro De Sacramentes : Es claro que la Virgen engendró al margen del orden natural. Y lo que consagramos es el cuerpo nacido de la Virgen. Por consiguiente, ¿a qué buscas orden natural en el cuerpo de Cristo, cuando el mismo Señor Jesús ha nacido de la Virgen al margen del orden natural? Y San Juan Crisóstomo comentando aquello de Jn 6,64: Las palabras que os he dicho, o sea, a propósito de este sacramento, son espíritu y vida, dice: Es decir, son palabras espirituales que nada tienen de carnal, ni siguen un proceso natural, y a que están libres de toda necesidad terrena y de las leyes que rigen aquí abajo.
Es claro, efectivamente, que todo agente actúa en cuanto que él tiene su ser en acto. Pero todo agente creado está determinado en su obrar, ya que él pertenece a un determinado género y a una determinada especie. De ahí que su acción esté también limitada a un determinado acto. Ahora bien, la determinación de una cosa cualquiera en su ser actual es por la forma. Por consiguiente, ningún agente natural o creado tiene un poder superior al de cambiar una forma. Por eso, las conversiones que tienen lugar siguiendo el proceso de la naturaleza son formales. Pero Dios es acto infinito, como se ha demostrado en la Primera Parte (q.7 a.l; q.25 a.2). Luego su acción abarca todos los niveles del ser. Por tanto, no sólo puede producir conversiones formales, por las que diversas formas se suceden en un mismo sujeto, sino que puede producir la conversión de todo el ser por la que toda sustancia de un ser se convierte en toda la sustancia de otro.
Y esto es lo que sucede por el poder divino en este sacramento. Porque toda la sustancia del pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino, en toda la sustancia de la sangre de Cristo. Por donde se ve que esta conversión no es formal, sino sustancial, y no está contenida entre las conversiones que siguen el curso de la naturaleza, por lo que puede decirse que su nombre propio es el de transubstanciación.
A las objeciones:
1. La objeción se refiere a la
mutación formal, porque es propio de la forma estar en la materia o
sujeto. Pero no es esto lo que sucede en la conversión de toda la
sustancia. Por tanto, como esta conversión sustancial lleva consigo un
cierto orden entre las sustancias, convirtiéndose una en otra, tiene
en cierto modo su sujeto en cada una de las sustancias, como ocurre
entre el orden y el número.
2. También esta objeción se
refiere a la conversión formal o mutación, ya que como acabamos de
decir (ad 1), es necesario que la forma esté en la materia o sujeto.
Sin embargo, no es esto lo que tiene lugar en la conversión de toda
sustancia, bajo la cual no hay ningún otro sujeto.
3. La virtud de un agente finito
no puede cambiar una forma en otra ni una materia en otra. Pero la
virtud del agente infinito, cuyo poder abarca todos los niveles del
ser, sí puede realizar esta conversión, porque tanto las dos formas
como las dos materias tienen algo en común: su pertenencia al ser. Y
el autor del ser puede cambiar lo que hay de ser en una a lo que hay
de ser en otra, eliminando lo que distinguía a una de
otra.
¿Permanecen en este sacramento los accidentes de pan y vino?
Objeciones por las que parece que en este sacramento no permanecen
los accidentes del pan y del vino.
1. Si se hace desaparecer lo primero, desaparece también lo que viene
después. Pero la sustancia es naturalmente anterior al accidente, como
se demuestra en VII Metaphys. ~'. Luego como
después de la consagración no permanece la sustancia en este
sacramento, parece que tampoco pueden permanecer sus
accidentes.
2. en el sacramento de la verdad no debe haber lugar para
ningún engaño. Ahora bien, por los accidentes juzgamos de la
sustancia. Parece, pues, que quedaría engañado el juicio humano si
permaneciesen los accidentes y no permaneciese la
sustancia del pan. Luego esta permanencia es incompatible con este
sacramento.
3. aunque la fe no esté sometida a la razón, no está
contra la razón sino sobre ella, como al principio de esta obra se
dijo (I q.l a.6 ad 2; a.8). Ahora bien, nuestra razón tiene su origen
en los sentidos. Luego nuestra fe no debe estar contra los sentidos
juzgando éstos que es pan lo que la fe cree que es la sustancia del
cuerpo de Cristo. Luego no conviene a este sacramento que los
accidentes de pan, objeto de los sentidos, permanezcan, y la sustancia
del pan no.
4. lo que permanece después de la conversión parece que
debe ser el sujeto de la mutación. Luego si permanecen los accidentes
del pan después de la conversión, parece que han de ser estos
accidentes el sujeto de la conversión. Lo cual es imposible, porque
no hay accidente de otro accidente. Luego en este sacramento no
deben permanecer los accidentes del pan y del vino.
Contra esto: dice San Agustín en el libro Sententiarum Prosperí
: Bajo los elementos de pan y vino que vemos, nosotros
veneramos cosas invisibles, o sea, la carne y la sangre.
Respondo: Consta por el testimonio de los
sentidos que, después de la consagración, los accidentes del pan y del
vino permanecen. Y esto lo ha dispuesto así sabiamente la divina
providencia. Primero, porque no es habitual entre los hombres, sino
cosa horrible, comer y beber carne y sangre humanas, se nos ofrece la
carne y la sangre de Cristo bajo las especies de unos alimentos que
son los más frecuentemente utilizados por los hombres, o sea, el pan y
el vino. Segundo, para no exponer este sacramento a la burla de los
infieles, cosa que sucedería si comiéramos al Señor en su estado
físico. Tercero, para que el hecho de recibir invisiblemente el cuerpo
y la sangre del Señor aumente el mérito de nuestra
fe.
A las objeciones:
1. El efecto, como se dice en el
libro De Causis , depende más de la primera
causa que de la segunda. De ahí que por el poder de Dios, que es la
primera causa de todas las cosas, puedan permanecer cosas posteriores,
habiendo desaparecido las anteriores.
2. No hay engaño alguno en este
sacramento, porque los sentidos juzgan acerca de los accidentes, y
éstos están ahí en toda su realidad. Ahora bien, la inteligencia, cuyo
objeto propio es la sustancia, como se dice en III De
anima, es preservada del engaño por la
fe.
3. Con esto se responde a la
tercera objeción. Porque la fe no se opone a los sentidos, sino que a
ella le conciernen cosas que los sentidos no pueden
detectar.
Objeciones por las que parece que en este sacramento permanece la
forma sustancial del pan después de la consagración.
1. Ya hemos dicho (a. 5) que después de la consagración permanecen
los accidentes. Pero, puesto que el pan es algo artificial, también su
forma es un accidente. Luego después de la consagración,
permanece.
2. la forma del cuerpo de Cristo es su alma, pues se dice en
II De Anima que el alma es acto del cuerpo
físico que tiene vida en potencia. Pero no puede
decirse que la forma sustancial del pan se convierta en el alma de
Cristo. Luego parece que la forma sustancial del pan permanece después
de la consagración.
3. la propia operación de cada cosa se deriva de su propia
forma sustancial. Ahora bien, lo que permanece en este sacramento
nutre y produce todos los efectos que produciría el pan. Luego la
forma sustancial del pan permanece en este sacramento después de la
consagración.
Contra esto: la forma sustancial del pan es parte de la sustancia del
pan. Pero la sustancia del pan se convierte en el cuerpo de Cristo,
como se ha dicho ya (a.2-4). Luego la forma sustancial del pan no
permanece.
Respondo: Algunos opinaron que,
después de la consagración, no sólo permanecen los accidentes del pan,
sino también la forma sustancial del pan. Pero esto no puede ser.
Primero, porque si permaneciese la forma sustancial, se convertiría en
el cuerpo de Cristo solamente la materia del pan. Y de ahí se seguiría
que la conversión no se haría a todo el cuerpo de Cristo, sino
solamente a su materia. Lo cual es incompatible con la forma del
sacramento que dice: Esto es mi cuerpo. Segundo, porque si
permaneciese la forma sustancial del pan, permanecería o unida a la
materia o separada de ella. Ahora bien, lo primero no puede ser,
porque si permaneciese unida a la materia del pan, permanecería
entonces toda la sustancia del pan, lo cual está en contradicción con
lo dicho (a.2). Pero tampoco puede permanecer unida a otra materia,
porque cada forma está unida a la propia materia. Y si permaneciera
separada de la materia, ya sería una forma actualmente inteligible, y
también inteligente, porque todas las formas separadas de la materia
son así. Tercero, esa permanencia sería inconciliable con este
sacramento, porque los accidentes del pan permanecen en este
sacramento para que se vea bajo ellos el cuerpo de Cristo, pero no en
su figura física, como más arriba se ha dicho (a.5). Por consiguiente,
hay que decir que la forma sustancial del pan no permanece.
A las objeciones:
1. Nada hay que impida hacer
artificialmente algo cuya forma no sea accidental, sino forma
sustancial. Artificialmente, por ejemplo, pueden producirse ranas y
serpientes, ya que la artesanía no produce estas formas por su propia
virtud, sino por virtud de los principios naturales. Y así es como el
panadero produce la forma sustancial del pan, por la virtud del fuego
que cuece la masa, hecha de harina y de agua.
2. El alma es la forma del
cuerpo, y es lo que confiere a éste toda la estructura del ser
perfecto, como es el ser, el ser corpóreo, el ser animado, etc. La
forma del pan se convierte, pues, en la forma del cuerpo de Cristo
para darle el ser corpóreo, pero no para darle el ser animado con tal
alma.
3. Algunas de las operaciones del
pan proceden de él por razón de sus accidentes, como es el impresionar
nuestros sentidos. Y estas operaciones se encuentran en los elementos
del pan después de la consagración, puesto que permanecen los
accidentes. Otras operaciones, sin embargo, proceden del pan por razón
de la materia, como es el convertirse en otro, o por razón de la forma
sustancial, como es la operación derivada de su especie, por
ejemplo, vigorizar el corazón del hombre. Y tales operaciones
se encuentran en este sacramento no porque permanezca la forma o la
materia, sino porque se comunican milagrosamente a los accidentes,
como se dirá después (q.77 a.3 ad 2.3; a.5.6).
Esta conversión, ¿es instantánea o se hace paulatinamente?
Objeciones por las que parece que esta conversión no es instantánea,
sino que se hace paulatinamente.
1. En esta conversión está primeramente la sustancia del pan, y
después la sustancia del cuerpo de Cristo. Luego no están las dos en
el mismo instante, sino en dos instantes. Pero entre dos instantes hay
un tiempo intermedio. Luego esta conversión se hace en el proceso de
un tiempo que transcurre entre el último instante en que está presente
el pan y el primer instante en que está presente el cuerpo de
Cristo.
2. en toda conversión hay un hacerse y un estar hecho. Pero
estas dos cosas no se dan a la vez, porque lo que se hace no es
todavía, y lo que está hecho ya es. Luego en esta conversión hay un
antes y un después. Luego no puede ser instantánea, sino
sucesiva.
3. San Ambrosio dice en su libro De Sacramentasz
que este sacramento se realiza con las palabras de Cristo. Pero
estas palabras se pronuncian sucesivamente. Luego esta conversión se
hace sucesivamente.
Contra esto: esta conversión se realiza por el poder infinito, y es
propio de este poder obrar instantáneamente.
Respondo: Una mutación puede ser instantánea
por tres razones. Primera, por parte de la forma que es punto de
llegada en esta mutación. Porque si se trata de una forma que admite
un más y un menos, como es la salud, el sujeto la adquiere de modo
sucesivo. Pero como la forma sustancial no admite un más y un
menos, su introducción en la materia es instantánea. Segunda, por
parte del sujeto, que a veces se va preparando gradualmente para
recibir la forma, como es el caso del agua que se va calentando poco a
poco. Pero cuando el sujeto está en la última disposición para recibir
la forma, súbitamente la recibe. Así, un cuerpo diáfano se ilumina
instantáneamente. Tercera, por parte del agente de poder infinito, que
puede disponer la materia para recibir la forma instantáneamente, como
lo que se lee en Me 7,34-35, cuando Cristo dijo: Efetá, que
significa abrir, y al instante se abrieron los oídos del hombre, y se
le soltó la traba de la lengua.
Y por estas tres razones esta conversión es instantánea. Primero, porque la sustancia del cuerpo de Cristo, punto de llegada de esta conversión, no admite un más y un menos. Segundo, porque en esta conversión no hay un sujeto que se vaya preparando sucesivamente. Tercero, porque se realiza por el poder infinito de Dios.
Y por estas tres razones esta conversión es instantánea. Primero, porque la sustancia del cuerpo de Cristo, punto de llegada de esta conversión, no admite un más y un menos. Segundo, porque en esta conversión no hay un sujeto que se vaya preparando sucesivamente. Tercero, porque se realiza por el poder infinito de Dios.
A las objeciones:
1. Hay algunos que
no conceden que entre dos instantes haya un tiempo intermedio. Esto
tiene lugar —dicen ellos-entre dos instantes que pertenecen al mismo
movimiento, pero no entre dos instantes que se refieren a movimientos
distintos. Así, entre el instante que señala el fin del reposo y el
otro instante que señala el principio del movimiento, no hay un tiempo
intermedio. Pero en esto se equivocan. Porque la identidad del tiempo
y del instante, o su diversidad, no se toman por relación a cualquier
movimiento, sino por relación al primer movimiento del cielo, que es
la medida de todo el movimiento y de todo el reposo.
Por eso, otros conceden la existencia del tiempo intermedio en el tiempo que mide el movimiento dependiente del movimiento del cielo. Ahora bien, hay movimientos no dependientes del movimiento del cielo, y que no están mensurados por él, como se dijo en la Primera Parte (q.53 a.3) hablando del movimiento de los ángeles. Por eso, entre dos instantes correspondientes a estos movimientos, no hay un tiempo intermedio. Pero esto no hace al caso. Porque, aunque esta conversión, de suyo, no tenga relación con el movimiento del cielo, sigue, sin embargo, a la pronunciación de las palabras, pronunciación que necesariamente está mensurada por el movimiento del cielo. Por tanto, es indispensable que entre dos instantes cualesquiera de la conversión haya un tiempo intermedio.
Por eso, otros afirman que el último instante en que está presente el pan, y el primero en que está presente el cuerpo de Cristo, son dos con relación a las realidades medidas, pero es uno solo con relación al tiempo mensurante, como, cuando dos líneas se tocan, son dos puntos por parte de las dos líneas, pero es uno solo por parte del lugar que las contiene. Pero aquí el caso es distinto. Porque el instante y el tiempo no es una medida intrínseca en los movimientos particulares, como lo es la línea y el punto en los cuerpos, sino sólo extrínseca, como lo es el lugar para los cuerpos.
Por eso, otros dicen que el instante es idéntico en la realidad, aunque la mente lo conciba como doble. Pero de aquí se seguiría que dos cosas realmente opuestas coexistirían en el mismo sujeto. Porque la duplicidad mental de los instantes no haría variar la realidad.
Por consiguiente, hay que decir que, como ya hemos dicho (a.3), esta conversión se realiza por las palabras de Cristo, proferidas por el sacerdote, de tal modo que el último instante de la pronunciación de las palabras es el primer instante en que está presente el cuerpo de Cristo en el sacramento. Y en todo el tiempo anterior está allí la sustancia del pan. En este tiempo no se puede considerar un instante que precedería inmediatamente al último, porque el tiempo, como se prueba en VI Physic., no se compone de instantes que se suceden unos a otros. En consecuencia, puede precisarse un instante en que el cuerpo de Cristo está presente, pero no se puede precisar el último instante de la presencia del pan, aunque sí se puede precisar un último tiempo. Por lo demás, esto es lo que acontece también en las mutaciones naturales, como demuestra el Filósofo en VIII Physicontm .
Por eso, otros conceden la existencia del tiempo intermedio en el tiempo que mide el movimiento dependiente del movimiento del cielo. Ahora bien, hay movimientos no dependientes del movimiento del cielo, y que no están mensurados por él, como se dijo en la Primera Parte (q.53 a.3) hablando del movimiento de los ángeles. Por eso, entre dos instantes correspondientes a estos movimientos, no hay un tiempo intermedio. Pero esto no hace al caso. Porque, aunque esta conversión, de suyo, no tenga relación con el movimiento del cielo, sigue, sin embargo, a la pronunciación de las palabras, pronunciación que necesariamente está mensurada por el movimiento del cielo. Por tanto, es indispensable que entre dos instantes cualesquiera de la conversión haya un tiempo intermedio.
Por eso, otros afirman que el último instante en que está presente el pan, y el primero en que está presente el cuerpo de Cristo, son dos con relación a las realidades medidas, pero es uno solo con relación al tiempo mensurante, como, cuando dos líneas se tocan, son dos puntos por parte de las dos líneas, pero es uno solo por parte del lugar que las contiene. Pero aquí el caso es distinto. Porque el instante y el tiempo no es una medida intrínseca en los movimientos particulares, como lo es la línea y el punto en los cuerpos, sino sólo extrínseca, como lo es el lugar para los cuerpos.
Por eso, otros dicen que el instante es idéntico en la realidad, aunque la mente lo conciba como doble. Pero de aquí se seguiría que dos cosas realmente opuestas coexistirían en el mismo sujeto. Porque la duplicidad mental de los instantes no haría variar la realidad.
Por consiguiente, hay que decir que, como ya hemos dicho (a.3), esta conversión se realiza por las palabras de Cristo, proferidas por el sacerdote, de tal modo que el último instante de la pronunciación de las palabras es el primer instante en que está presente el cuerpo de Cristo en el sacramento. Y en todo el tiempo anterior está allí la sustancia del pan. En este tiempo no se puede considerar un instante que precedería inmediatamente al último, porque el tiempo, como se prueba en VI Physic., no se compone de instantes que se suceden unos a otros. En consecuencia, puede precisarse un instante en que el cuerpo de Cristo está presente, pero no se puede precisar el último instante de la presencia del pan, aunque sí se puede precisar un último tiempo. Por lo demás, esto es lo que acontece también en las mutaciones naturales, como demuestra el Filósofo en VIII Physicontm .
2. En las mutaciones instantáneas
hay coincidencia entre el hacerse y el estar hecho, como la hay entre
iluminarse y estar iluminado. En estas mutaciones, en efecto, se dice
estar hecho en cuanto que ya es, y se dice hacerse en cuanto que antes
no era.
1. Todo aquello de lo cual se obtiene otra cosa, se hace esa cosa.
Pero no viceversa. Decimos, en efecto, que de lo blanco se hace el
negro, y que lo blanco se hace negro. Pero, aunque digamos que un
hombre se hace negro, no decimos, sin embargo, que del hombre se hace
lo negro, como consta en I Physic. . Por tanto,
si es verdad que del pan se hace el cuerpo de Cristo, también será
verdad que el pan se hace el cuerpo de Cristo, lo cual parece falso,
porque el pan no es el sujeto de ese cambio, sino su punto de partida.
Luego no es verdad que del pan se hace el cuerpo de
Cristo.
2. el hacerse termina en el ser o en estar hecho. Pero esta
proposición no es verdadera: El pan es el cuerpo de Cristo, ni
ésta: El pan se ha hecho el cuerpo de Cristo, ni esta otra:
El pan será el cuerpo de Cristo. Luego parece que tampoco es
verdadera la proposición: Del pan se hace el cuerpo de
Cristo.
3. todo aquello de lo cual se hace una cosa, se convierte
en la cosa que se hace de ello. Pero esta proposición parece que es
falsa: El pan se convierte en el cuerpo de Cristo, ya que esta
conversión parece que es más milagrosa que la creación, hablando de la
cual, sin embargo, no se dice que el no ser se convierta en el ser.
Luego parece que también esta proposición: Del pan se hace el
cuerpo de Cristo es falsa.
4. una cosa de la cual se hace otra, puede ser esa otra.
Pero esta proposición es falsa: El pan puede ser el cuerpo de
Cristo. Luego también ésta es falsa: Del pan se hace el cuerpo
de Cristo.
Contra esto: dice San Ambrosio en el libro De Sacramentisz: Cuando
viene la consagración, del pan se hace el cuerpo de
Cristo.
Respondo: Esta conversión del pan en el cuerpo
de Cristo es en cierto aspecto semejante a la creación y a la
transmutación natural, y, en otro aspecto, difiere de las dos. Es,
efectivamente, común a las tres la sucesión de términos, o sea, el que
una cosa venga después que otra. Porque en la creación viene el ser
después del no ser: en este sacramento viene el cuerpo de Cristo
después de la sustancia del pan; y en la transmutación natural viene
lo blanco después de lo negro, o el fuego después del aire. Y es común
a ellas también el que los términos no coexisten a la
vez.
La conversión de que hablamos es semejante a la creación porque en ninguna de las dos hay un sujeto común para ambos extremos: al contrario de lo que ocurre en las transmutaciones naturales.
No obstante, esta conversión tiene semejanza con las transmutaciones naturales en dos cosas, aunque de modo diverso. Primera, porque en ambas uno de los extremos se cambia en el otro, como el pan se cambia en el cuerpo de Cristo, y el aire, en el fuego; mientras que el no ser no se convierte en el ser. Sin embargo, este cambio se realiza de distinta manera en una y en otra. Porque en el sacramento toda la sustancia del pan se cambia en todo el cuerpo de Cristo, mientras que en la transmutación natural la materia de una cosa recibe la forma de otra, una vez desechada la forma precedente. Segunda, en la una y en la otra permanece algo que les es común, lo cual no sucede en la creación. Hay, sin embargo, diferencias. Porque en la transmutación natural permanece la misma materia o sujeto, mientras que en este sacramento permanecen los mismos accidentes.
Pues, por todas estas razones, se colige que nuestro lenguaje en cada caso debe ser muy diferente. Puesto que, efectivamente, en ninguno de los tres casos coexisten simultáneamente los extremos, o sea, los puntos de partida y de llegada, en ninguno de los tres casos puede predicarse un extremo del otro con el verbo sustantivo de presente, por lo que no decimos: el no ser es ser, o el pan es el cuerpo de Cristo, o el aire es fuego, o lo blanco es negro.
Pero teniendo en cuenta que los extremos se suceden, en los tres casos podemos utilizar la preposición de para designar la sucesión. Podemos, en efecto, decir con propiedad y verdad: del no ser se hace el ser, del pan se hace el cuerpo de Cristo, del aire se hace el fuego, y de lo blanco se hace lo negro.
Pero, puesto que en la creación uno de los dos extremos no se cambia en el otro, hablando de ella no podemos utilizar la palabra conversión diciendo que el no ser se convierte en el ser. Pero sí que podemos utilizarla en este sacramento y en las transmutaciones naturales. Mas, como en este sacramento toda una sustancia se cambia en toda otra sustancia, a esta conversión se la llama propiamente transustanciación.
Más aún. Puesto que en esta conversión no hay sujeto, todo lo que acontece en la conversión natural por razón del sujeto no es aplicable a esta conversión. En primer lugar, es claro que la potencia de pasar a un término opuesto, presupone la existencia de un sujeto, por cuya razón decimos que lo blanco puede ser negro o el aire puede ser fuego, aunque esta segunda expresión no sea tan propia como la primera, porque el sujeto de lo blanco, en el que está la potencia para la negrura, es toda la sustancia de lo blanco, y la blancura no es parte de esta sustancia; mientras que el sujeto de la forma del aire es parte de la sustancia del aire. Por lo que decir: el aire puede ser fuego es una proposición verdadera por sinécdoque, o sea, tomando la parte por el todo. Porque en esta conversión, como en la creación, no hay sujeto común, por lo que no se dice que un extremo puede ser otro. Por ejemplo, no se dice que el no ser puede ser ser o que el pan puede ser el cuerpo de Cristo. Y, por la misma razón, no se puede decir con propiedad que el no ser se hace el ser, o que del pan se hace el cuerpo de Cristo, porque la preposición de indica una causa consustancial, y tal consustancialidad de los extremos en las transmutaciones naturales depende de idéntico sujeto. Y, por la misma razón, no está permitido decir que el pan será el cuerpo de Cristo o que el pan se haga el cuerpo de Cristo, como tampoco, hablando de la creación, puede decirse que el no ser será el ser o que el no ser se haga el ser, porque esta manera de hablar tiene lugar en las mutaciones naturales por razón del sujeto, como cuando decimos que lo blanco se hace negro o que lo blanco será negro.
Pero, porque en este sacramento, después de la conversión, queda algo de lo que había antes, o sea, los accidentes del pan, como se ha dicho ya (a. 5), pueden admitirse con cierta semejanza algunas de las locuciones siguientes: El pan sea el cuerpo de Cristo, o el pan será el cuerpo de Cristo, o del pan se hace el cuerpo de Cristo, con tal de que con el nombre pan no se sobreentienda la sustancia del pan, sino en general esto que se contiene bajo los elementos de pan, bajo los cuales primeramente estaba contenida la sustancia de] pan, y, después, el cuerpo de Cristo.
La conversión de que hablamos es semejante a la creación porque en ninguna de las dos hay un sujeto común para ambos extremos: al contrario de lo que ocurre en las transmutaciones naturales.
No obstante, esta conversión tiene semejanza con las transmutaciones naturales en dos cosas, aunque de modo diverso. Primera, porque en ambas uno de los extremos se cambia en el otro, como el pan se cambia en el cuerpo de Cristo, y el aire, en el fuego; mientras que el no ser no se convierte en el ser. Sin embargo, este cambio se realiza de distinta manera en una y en otra. Porque en el sacramento toda la sustancia del pan se cambia en todo el cuerpo de Cristo, mientras que en la transmutación natural la materia de una cosa recibe la forma de otra, una vez desechada la forma precedente. Segunda, en la una y en la otra permanece algo que les es común, lo cual no sucede en la creación. Hay, sin embargo, diferencias. Porque en la transmutación natural permanece la misma materia o sujeto, mientras que en este sacramento permanecen los mismos accidentes.
Pues, por todas estas razones, se colige que nuestro lenguaje en cada caso debe ser muy diferente. Puesto que, efectivamente, en ninguno de los tres casos coexisten simultáneamente los extremos, o sea, los puntos de partida y de llegada, en ninguno de los tres casos puede predicarse un extremo del otro con el verbo sustantivo de presente, por lo que no decimos: el no ser es ser, o el pan es el cuerpo de Cristo, o el aire es fuego, o lo blanco es negro.
Pero teniendo en cuenta que los extremos se suceden, en los tres casos podemos utilizar la preposición de para designar la sucesión. Podemos, en efecto, decir con propiedad y verdad: del no ser se hace el ser, del pan se hace el cuerpo de Cristo, del aire se hace el fuego, y de lo blanco se hace lo negro.
Pero, puesto que en la creación uno de los dos extremos no se cambia en el otro, hablando de ella no podemos utilizar la palabra conversión diciendo que el no ser se convierte en el ser. Pero sí que podemos utilizarla en este sacramento y en las transmutaciones naturales. Mas, como en este sacramento toda una sustancia se cambia en toda otra sustancia, a esta conversión se la llama propiamente transustanciación.
Más aún. Puesto que en esta conversión no hay sujeto, todo lo que acontece en la conversión natural por razón del sujeto no es aplicable a esta conversión. En primer lugar, es claro que la potencia de pasar a un término opuesto, presupone la existencia de un sujeto, por cuya razón decimos que lo blanco puede ser negro o el aire puede ser fuego, aunque esta segunda expresión no sea tan propia como la primera, porque el sujeto de lo blanco, en el que está la potencia para la negrura, es toda la sustancia de lo blanco, y la blancura no es parte de esta sustancia; mientras que el sujeto de la forma del aire es parte de la sustancia del aire. Por lo que decir: el aire puede ser fuego es una proposición verdadera por sinécdoque, o sea, tomando la parte por el todo. Porque en esta conversión, como en la creación, no hay sujeto común, por lo que no se dice que un extremo puede ser otro. Por ejemplo, no se dice que el no ser puede ser ser o que el pan puede ser el cuerpo de Cristo. Y, por la misma razón, no se puede decir con propiedad que el no ser se hace el ser, o que del pan se hace el cuerpo de Cristo, porque la preposición de indica una causa consustancial, y tal consustancialidad de los extremos en las transmutaciones naturales depende de idéntico sujeto. Y, por la misma razón, no está permitido decir que el pan será el cuerpo de Cristo o que el pan se haga el cuerpo de Cristo, como tampoco, hablando de la creación, puede decirse que el no ser será el ser o que el no ser se haga el ser, porque esta manera de hablar tiene lugar en las mutaciones naturales por razón del sujeto, como cuando decimos que lo blanco se hace negro o que lo blanco será negro.
Pero, porque en este sacramento, después de la conversión, queda algo de lo que había antes, o sea, los accidentes del pan, como se ha dicho ya (a. 5), pueden admitirse con cierta semejanza algunas de las locuciones siguientes: El pan sea el cuerpo de Cristo, o el pan será el cuerpo de Cristo, o del pan se hace el cuerpo de Cristo, con tal de que con el nombre pan no se sobreentienda la sustancia del pan, sino en general esto que se contiene bajo los elementos de pan, bajo los cuales primeramente estaba contenida la sustancia de] pan, y, después, el cuerpo de Cristo.
A las objeciones:
1. Aquello de lo cual se hace otra
cosa, algunas veces indica el sujeto juntamente con uno de los
extremos de la mutación, como cuando decimos de lo blanco se hace
lo negro. Otras veces, sin embargo, indica solamente lo opuesto o
el otro extremo, como cuando se dice: de la mañana se hace el
día. En estos casos no se quiere decir que esto se hace aquello, o
sea, que de la mañana se haga el día. Y lo mismo sucede aquí.
Aunque propiamente se diga que del pan se hace el cuerpo de
Cristo, no es propia, sin embargo, la expresión el pan se hace
cuerpo de Cristo, sino solamente semejante, como se ha dicho
(c.).
2. Aquello de lo cual se hace una
cosa, alguna vez será esa cosa por razón del sujeto
presupuesto. Y, por eso, como en la conversión sacramental no se da
este sujeto, la comparación no vale.
3. En esta conversión hay cosas
más difíciles que en la creación, en la que solamente es difícil esto:
que hay algo que se hace de nada, lo cual, sin embargo, pertenece al
modo propio de obrar de la causa primera, que no presupone nada para
su actuación. Pero en esta conversión no solamente es difícil que este
todo se convierta en otro todo, de modo que nada quede del anterior,
cosa que no pertenece al modo común de producirse una cosa, sino que
tiene esta otra dificultad, y es que permanecen los accidentes una vez
desaparecida la sustancia, y muchas más, de las que hablaremos después
(q.77). A pesar de todo, la palabra conversión es aceptable
para este sacramento, mientras que para la creación, no, como se ha
dicho (c.).
4. Como ya se ha dicho (Ib.), la
potencia de ser una cosa u otra radica en el sujeto, sujeto que en
esta conversión no se da. Por eso no se puede decir que el pan puede
ser el cuerpo de Cristo, ya que la conversión sacramental no se hace
por la potencia pasiva de la creatura, sino por la sola potencia
activa de Dios.




